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Ruta Pineraica jul_2006

 RUTA PIRENAICA

 

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De la Jaca medieval al Principado de Andorra. 740 kilómetros de travesía en el Pirineo.

 

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“A RITMO DE FRANCIA II”

 

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          La Cordillera Pirenaica es el sistema montañoso más clásico de la historia del ciclismo. El pasado año, en la Ruta Transibérica Espartinas–Vendargues, quince ciclistas de Espartinas hicieron su primera aparición en el recorrido hacia nuestro Municipio hermano. Puigcerdá fue parada y fonda aquel 13 de julio de 2.005, ascendiéndose el Col de La Perche de 1579 metros la jornada siguiente. Ese día, y debido a la facilidad con la que salvamos su orografía, prometimos volver para saborear sus encantos. Nunca podíamos pensar que regresaríamos tan pronto, ya que la denominada Ruta Pirenaica fue seleccionada entre varias opciones como el Camino de Santiago o una ruta por los Alpes. Barajamos tres fechas para decidir la salida, eligiéndose por mayoría la segunda semana de Julio sin saber que coincidíamos en fecha y trazado con la onceava etapa del Tour de Francia Tarbes–Pla de Beret. Era la guinda a este gran pastel pirenaico, que tanto trabajo nos costaría digerir.

 

          La preparación, al igual que el año anterior, era fundamental, trasladándonos a la Sierra de Grazalema para ascender los puertos de Las Palomas y El Boyar en varias ocasiones. Muy a pesar de la dureza del entrenamiento, dista un abismo entre el relieve andaluz y el pirenaico, como comprobaríamos más tarde. El oportuno reconocimiento médico para evitar sorpresas desagradables, no redujo este minipelotón que aprobó, y con nota, los exámenes previos de los galenos antes de  la salida.

 

          Con el conocido slogan “A ritmo de Francia” por bandera, el sábado 8 de Julio, Juan Leal, vicepresidente del Club Deportivo Espartinas TILDE encabezaba la nómina de valientes que viajaban rumbo a Jaca en esta difícil empresa que tenía como punto de partida la bella localidad aragonesa. Le acompañaban Fernando Baelo, Miguel Cruz, Javier Viejo, Francisco González Polvillo, Manuel Vega, Rafael Martínez, Manuel Carrasco, Manuel Romero, José Camino y Alejandro Villalobos. Rafael Martínez padre, nuestro manager, conducía el furgón cargado con los equipajes y todo el avituallamiento necesario en esta semana que pasará nuevamente a la historia del deporte espartinero. Las etapas y sus principales dificultades eran:

 

  1. Jaca – Lourdes. Col de Somport (1.640 m.) y Col de Marie Blanque (1.035 m.). 136 km.
  2. Lourdes – Lourdes. Col d’Aubisque (1.710 m.) y Col du Soulor (1.474 m.). 115 km.
  3. Lourdes – Lourdes. Col du Tourmalet (2.115 m.). 105 km.
  4. Lourdes – Bagneres de Luchon. Col d’Aspin (1489 m.)  y Col de Peyresourde (1.569 m.). 105 km.
  5. Bagneres de Luchon – Salardú. Col du Portillon (1.293 m.) y Pla de Beret (1.980 m.). 70 km.
  6. Salardú – Andorra la Vella. Portde La Bonaigua (2.072 m.) y Port de Cantó (1.725 m.). 140 km.
  7. Andorra la Vella – Andorra la Vella. Cold’Envalira (2.408 m.). 60 km.

 

UN VIAJE EN TREN DE PRÓLOGO

 

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          A las 10,45 horas partía el Tren TALGO ALTARIA, que procedente de Cádiz nos llevaría a Zaragoza en un confortable viaje. La llegada a la ciudad del Ebro estaba prevista a las 15,05 horas. Preocupación durante el trayecto porque el Tren Regional con destino Jaca salía a las 15,20 horas; teníamos quince minutos para hacer trasbordo. Cuando nos acomodamos en un vagón del segundo ejemplar de RENFE, respiramos tranquilos. Era el último que salía y no podíamos perderlo, como así sucedió. El calor hizo que el deseo de conocer Jaca aumentase. Un gran detalle de una chica que viajaba con nosotros, alimentó nuestros sedientos cuerpos cuando por su móvil avisó a su madre. La señora nos tenía reservadas tres botellas de agua al llegar a Anzánigo. Con la puntualidad del ferrocarril llegamos a nuestro destino. El Regional se había detenido en todas las estaciones que encontró a su paso. Sin medio de transporte que tomar, nos fuimos andando cargados de maletas al Hotel La Paz, situado en la Calle Mayor en pleno centro.

 

          El furgón llegó pasadas las 21 horas con Rafael al volante y Manolo Vega, que venía de competir en los Campeonatos de España celebrados en Jaén. Manuel Carrasco, “El Viejo”, seguro que les amenizó el largo camino.

El desplazamiento hasta el municipio oscense fue el prólogo. Jaca, primitiva capital del Reino de Aragón, aun conserva mucho patrimonio artístico de su reinado. La Ciudadela y la Catedral, ambas declaradas Monumento Nacional, la Torre del Reloj o el Ayuntamiento nos hacen respirar aroma medieval antes de comenzar nuestra andadura.

 

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MARIE BLANQUE, LA GRAN DAMA BLANCA

 

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            María Asserquet fue una doncella francesa del Valle de Aspe que recitaba poesías en las exequias fúnebres de sus convecinos, y se caracterizaba por su blanca tez. De ahí la procedencia del nombre de uno de los puertos más duros de Francia. Bernald Hinault, último gran ciclista francés pentacampeón del Tour, definió este col como uno de los más duros de su carrera deportiva: “Quien no haya subido el Marie Blanque no conoce los Pirineos”. ¿Cómo íbamos a dejar pasar la oportunidad de comprobar la legitimidad de la frase de Hinault?. 

                       

            En la comarca de Jacetania, Jaca nos despide con calor, comenzando con esta singular ruta por los dominios de la Marcha Cicloturista peninsular de mayor prestigio: “La Quebrantahuesos”. Dirección Francia nos dirigimos al que durante siglos constituyó el principal acceso a nuestro país vecino. Bautizado en épocas del Imperio Romano como Summus Portus, el Puerto de Somport, era la primera gran dificultad de nuestra ruta. Una vez solamente ha transitado el pelotón del Tour coincidiendo con el primer triunfo de Miguel Induráin, año 1991.  Se trata de una subida larga y suave que tiene su génesis después de varios falsos llanos en Villanúa. Anteriormente, pasado Castiello de Jaca hemos calentado durante dos kilómetros al 3%. Desde Villanúa, siempre en ascenso continuamos buscando Canfranc primero y su estación después. Poco a poco los tramos de falsos llanos evolucionan a rampas de más envergadura. La Torre de Los Fusileros, del siglo XIX, acapara nuestra atención justo cuando aparecen los primeros desniveles importantes. Una zona de recuperación nos permite presenciar con cierta nostalgia el ruinoso estado que presenta la antigua Estación de Canfranc, inaugurada por el Rey Alfonso XIII en 1.928. La mayor estación de España era el punto de inflexión de la línea Zaragoza–Pau. El Gobierno de Aragón está intentando recuperar la que durante varias décadas fue una de las estaciones más representativas de nuestro país.

 

            Estos primeros envites sirvieron para fragmentar el grupo. Juan permanece al lado de los dos veteranos, Manuel Carrasco y Pepe Camino, no sabemos si por falta de fuerzas o por ser el sanitario del grupo y comprobar el estado de ambos. Candanchú, con aires franceses, nos enseña el primer túnel derivanieves en la zona de mayor dureza del ascenso, que de seguida finaliza. A 1.640 metros, el Somport nos muestra la frontera. Primera parada para reponer las escasas fuerzas que gastamos. A decir verdad, la primera gran dificultad encontrada no fue tal. En teoría debería de haber servido como preparación para el Col de Marie Blanque, pero no fue así, ya que la cita con la sufrida dama pirenaica fue otro cantar.

Debutamos en territorio francés con una excepcional bajada. La vertiente gala del Somport difiere bastante de la española. Los primeros catorce kilómetros son de descenso contínuo a buen porcentaje hasta llegar a Urdos, donde descendemos con menor velocidad producto de la escasa pendiente. En Accous dimos por finalizado el Puerto de Somport tras casi treinta kilómetros de descenso. Ya olíamos el aroma femenino que desprendía el Col de Marie Blanque. En Escot realizamos una breve parada para reponer líquido antes de enfrentarnos con la  terrible Señora de Aspe, que debutó en el año 1978 en la carrera gala, justo en el primer entorchado del mejor ciclista francés de todos los tiempos. En un par de días, sería protagonista por onceava vez en la primera carrera del mundo este joven puerto que por sus características parece más bien de los Picos de Europa.

 

            Un cruce a la derecha nos cambia las características del asfalto que traíamos. La carretera se estrecha y su firme se vuelve rugoso, presentación de una subida de diez puntos kilométricos con indicadores de altitud, pendiente media del kilómetro y kilometraje. Las señales parecían ordenadas por la pendiente, ya que el ascenso va de menor a mayor hasta el final. La estrella de la Quebrantahuesos tiene dos mitades bien diferenciadas: una primera hasta el kilómetro seis inclusive, con la pendiente avanzando en progresión aritmética que se detiene en el 7%, y una segunda inhumana de cuatro mil metros; sí, únicamente cuatro kilómetros; ni la memoria de su altimetría sirve; hay que recorrerlos en bicicleta para no quitarle ni un ápice de razón al ciclista bretón.

 

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            La primera parte es llevadera y vamos tomándole el pulso con el ritmo que más nos conviene, incluso hubo alguien que comentó que no sería para tanto. No tardó mucho en rectificar. El séptimo kilómetro nos aparece con un 11%. A partir de aquí nacen once historias diferentes, la que llevó cada uno como buenamente pudo hasta la cima. El siguiente punto kilométrico, nos lesiona más la alicaída moral: 12%. Había que subir aunque fuese a rastras. El penúltimo kilómetro nos hunde en la mayor de las miserias con el 13%. Sin una sola herradura donde poder tomar un poco de aire, los más débiles echaron pié a tierra en repetidas ocasiones. Francisco dando pedales era incapaz de superar a Juan que con larga zancada empujaba su bicicleta. La señal última la vimos todos borrosa, mostrando un “aliviado” 11%. Una curva a la izquierda ya más humana, nos lleva a la cima del más pestoso de los puertos que conocíamos cuando el eco en forma de voz de mujer resonaba poéticamente. Era la resurrección de María Asserquet, que le dedicó a todo el contingente una de sus composiciones al ver la palidez cadaveresca en cada uno de los rostros. Teníamos tantas ganas de olvidar lo sucedido que no hicimos ni una sola foto que recordase el calvario al que habíamos estado sometido durante una hora escasa.

 

            Nos tiramos como almas perdidas en el descenso para intentar reagruparnos en Bielle. Después de una larga espera faltaban los veteranos, que se negaban a entran en el furgón, y Alejandro, que agotó la batería de su cámara fotográfica. Ante tal tesitura,  y sin poder contactar con ellos por no tener cobertura la telefonía móvil, decidimos continuar dejando a nuestros compañeros desamparados. En Louvie Juzon, a tan solo 35 kilómetros de Lourdes, el relieve nos tiende una gran emboscada. Un giro brusco a la derecha en la mencionada localidad, nos enfrenta con rampas al 10% de repente y sin previo aviso cuando creíamos que hasta Lourdes teníamos un camino de rosas. Con las últimas casas del pueblo pensábamos que se terminaba la pequeña cota ante la disminución del porcentaje, pero fue un espejismo. Casi tres kilómetros de pesadas cuestas nos da como contrapartida un dulce descenso de otros tantos de kilómetros que nos acercan a nuestro primer destino. En la nacional 937 aumentamos el ritmo para divisar un gran lago y las torretas del Santuario de fondo. Lourdes nos estaba dando la bienvenida pasada las catorce horas. Rafa fue en nuestra búsqueda acompañado de la gerente del Hotel Esplanade Eden para no tener problemas de pérdidas innecesarias. ¡Así trabaja un manager!. Tras resolver él mismo el problema del horario, puesto que en Francia se almuerza a las doce y se cena a las ocho de la tarde, nos prepararon una exquisita y copiosa comida. Después de tomar posesión de las habitaciones y dejar las máquinas en lugar seguro, reposamos.

 

            La primera jornada fue caótica por tres motivos: por ser la primera y cambiar bruscamente de desarrollos, ser una de las más  largas y además por incluir quizás equivocadamente el Col de Marie Blanque, sin ninguna duda el más duro con diferencia de todo nuestro peregrinar por el gran sistema montañoso que separa España de Francia. En el almuerzo, “El Viejo” comentaba cuando salió el tema  que “la próxima vez traería desarrollos idóneos”. Alguien lo frenó bruscamente: “No habrá próxima vez”. El Col de Marie Blanque es la gran espina que llevamos clavada.

 

            Durante la cena hubo debate sobre la distancia que se abría en el grupo entre veteranos y jóvenes. Juan resolvió el contratiempo dándole ventaja a los primeros, ofreciéndose de Cicerone al conocer el idioma e itinerarios, para acompañarlos hasta la base de los puertos. No fue mala idea.

 

            Lourdes, que a mediados del siglo XIX cuando comenzaron las apariciones tenía algo más de cuatro mil habitantes, es hoy la segunda ciudad francesa en número de hoteles. Cerca de veinte mil hogareños contemplan el resplandor del Santuario donde habita una de las imágenes más bellas e idolatradas del continente.

 

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EL PRÍNCIPE AUBISQUE

 

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            El col d’Aubisque es el segundo más visitado en toda la historia del Tour de Francia, siendo especialmente respetado por los profesionales del ciclismo. Fernando Escartín lo temía más que al Tourmalet, y no cabe ninguna duda de que nos enfrentamos con una de las ascensiones más bellas e importantes de este deporte. “Le Petit Prince”, con sus 17,5 kilómetros de subida representa la tercera dificultad en importancia del recorrido tras Somport y Marie Blanque.

 

            Muy temprano se pone en marcha la primera avanzadilla, con Juan, Alejandro, Pepe y Manuel Carrasco. El resto sale una hora más tarde. Era la única forma de ganarle tiempo al tiempo. Salimos de Lourdes por la D 937 dirección Pau, justamente por donde entramos veinticuatro horas antes. Pasado Lestelle Bétharram, tomamos la D 35 que acorta la ruta para esquivar Pau. Ya nadie recordaba la cuesta de Louvie Juzon, primer aperitivo antes de llegar a Laruns. De Bielle, parte el cruce a la derecha que conduce al Col de Marie Blanque, siendo totalmente ignorado y/o desapercibido. Unos cambiaron la vista, otros silbaban, pero nadie quiso encararlo. Los anticuerpos anti–Marie Blanque estaban haciendo su efecto. Pasamos Bielle y Gère Bélesten antes de detenernos en Laruns. Más de medio centenar de kilómetros habíamos dejado atrás para ya centrarnos en uno de los puertos más espectaculares y atractivos de Los Pirineos. Aubisque es sinónimo de Tour. Son 68 las veces que ha sido incluido en el trazado de la “Grand Boucle” superado solo por el Tourmalet.

 

            La parada en Laruns estaba pactada para reponer energías que buena falta harían para vencer el primer puerto de “Categoría Especial” que nos íbamos a encontrar. Más de 17 kilómetros al 7% de pendiente media es la nueva prueba a superar. Reanudamos la marcha cruzando por el puente sobre la Gave d’Ossau antes de enfrentarnos con la primera herradura a izquierda de la escalada, continuada con otra más adelante al contrario. Son los primeros compases con rampas entre el 4-6% hasta la estación termal de Eaux Bonnes. Una gran glorieta que rodeamos en sentido inverso a las agujas del reloj, confunde a Miguel y a Pepe Camino cambiando su ruta. Al darse cuenta de su error habían dejado ya fuertes rampas por las que tuvieron que regresar. A buen ritmo seguimos con ruido de cascadas de fondo aun con buenas sensaciones, hasta visualizar una señal que marcaba el 13%. A partir de ese punto, restan diez kilómetros sin compasión con pendiente media superior al 7% in crescendo a medida que vamos ganando altura. El arbolado que nos animaba va disminuyendo y las rampas al 8% son ya una constante hasta los túneles que nos acercan a Gourette. En la preciosa estación invernal, a solo cuatro kilómetros del éxito, un cicloturista que nos acompañaba nos señala una fuente junto a un banco para descansar. No lo dudamos porque los tramos más duros estaban al caer. Le pedimos ayuda a Nuestra Señora de las Nieves, que en su altar de la iglesia de Gourette nos inyectó las fuerzas que nos faltaban. El Hotel de la Crestas Blancas es el punto intermedio tras dejar al 9 y 10% esos dos mil metros. La herradura a derecha final nos adentra en una magnífica panorámica, la cima paisajística por excelencia. Intesidad e inmensidad pueden ser dos vocablos que ayudan a comprender la subida del mítico Aubisque, que a pesar de poseer el calificativo de “Hors Categórie” lo salvamos la gran mayoría con lucimiento. Fotos y más fotos en el poste de hormigón que marca su altura.

 

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            El gran espectáculo no había concluido, ya que la bajada por su vertiente este supera con creces al ascenso. Vamos descendiendo contemplando la naturalidad del momento, túneles enclavados en rocas, precipicios sin fin, restos de nieve en alguna cumbre… Cuando pasan los primeros cinco kilómetros notamos menor desnivel. Nos estamos acercando al Col du Soulor, que por esta cara se asemeja a Las Doblas, con todos mis respetos, por su escasa dureza. Son algo más de dos kilómetros sobre el 6%, que va disminuyendo hasta alcanzar la cumbre de otro de los grandes clásicos. Por esta vertiente, es la bajada lo que define al Soulor, con ocho kilómetros de verdadera gozada hasta alcanzar Arrens. Cinco kilómetros de falso llano separan Arrens de Aucun, donde regresa la pendiente negativa para deleite de todos. Argelès Gazost frena al grupo para reagruparse. Han sido casi treinta los kilómetros de descenso hasta el municipio francés, donde tomamos una vía de servicio paralela a la autovía con alguna tachuela para decorar una gran jornada que sirvió para subir la moral del grupo, tocada después de la primera etapa. Habíamos vencido a un gran coloso en esta triunfal etapa con el Rey de Reyes a la vuelta de la esquina. 

 

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TOURMALET, EL REY

 

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            “Sois unos asesinos” fue la primera frase que se mencionó en la cima del más mítico de los puertos. Ocurrió a principios del siglo XX cuando Octave Lapize, francés que ese año resultó el ganador del Tour, arremetió contra los organizadores de la gran carrera francesa tras coronarlo. El Rey de los Pirineos está por derecho propio en todas las enciclopedias ciclistas. El Tourmalet no es el más bello, ni el más duro, ni el más largo, ni el más alto. Simplemente es el Tourmalet, y ascenderlo te otorga un prestigio que hará sentirte distinto a aquellos que no han sufrido en sus propias carnes “el placer” de sus números. ¿Cuántas veces hemos soñado con él?. Es un privilegio, que habrá que valorar en su medida cuando todo haya pasado, el amanecer pensando en Tourmalet. Su nombre, que parecía tan lejano e inaccesible, significa mucho para todo el colectivo ciclista. El pabellón auditivo mete el miedo en el cuerpo cuando capta sus fonemas, no en vano lleva grabado a fuego el nombre de la carrera que lo bautizó. ¿Que sería del Tour sin el Tourmalet?. Desde aquel lejano 1910, en 72 ocasiones un corredor ha pasado a la historia al llegar primero al monumento del pionero Lapize, representado en todo lo alto en homenaje a su hazaña de época. Estamos pues en el día clave de la ruta.

           

            Amanece con espesa niebla y cielo cubierto. Las temperaturas habían descendido ostensiblemente. Los chubasqueros salen a relucir en la salida, y nuevamente Juan con Manuel y Pepe parten con ventaja. El Río Gave de Pau es nuestro guía. Al llegar a Argelès Gazost comienza una fina lluvia para darle más emoción a la ya de por sí emocionante tercera etapa. En Pierrefitte Nestalas nos encontramos con los primeros desniveles antes de introducirnos en la Garganta de Luz, un sobrecogedor desfiladero donde nada más hay cabida para una estrecha carretera y el cauce de la Gave de Pau, en francés río tiene género femenino. Notamos que la carretera poco a poco va subiendo entre galerías antiavalanchas cuando Pepe Camino desaparece para descargar sus problemas gastrointestinales. El Tourmalet ha comenzado diez kilómetros antes con estos tramos de pendiente entre el 3-5% hasta llegar a Luz Saint Sauveur. Primera parada para prepararnos ante lo que se nos viene encima. La lluvia ha cesado y el sol vuelve a iluminarnos. Estamos en Luz, a 710 metros de altura, y debemos llegar a 2115 en tan solo 19 kilómetros, con una pendiente media del 7,7%. Estas son las cifras del emperador de Los Pirineos, segundo puerto de Categoría Especial con el que nos medíamos, y que nos tendría “entretenidos” entre hora y media y dos horas.

 

            El inicio es con una fuerte rampa al 10% nada más girar a la izquierda en Luz Saint Sauveur, allanada rápidamente en este primer kilómetro, el más suave de todos. La aldea de Esterre es superada con agilidad, y ya notamos la diferencia de desnivel. Un 7% nos señala el segundo punto kilométrico, dato que se iba a repetir poco. La cuarta señal apunta un 8%, con un muro al 12% en el cruce de Betpouey. Con paciencia continuamos hasta que Bareges nos distrae con su infraestructura de estación invernal; precioso y preciosa la rampa que nos despide: un 13% durante doscientos metros define el octavo kilómetro con 9% de pendiente. Nos hablaban los conocedores del terreno de un falso llano, el único, a mitad de subida. Efectivamente, un 5% tiene el noveno eslabón, producto de un tramo de llano de más de trescientos metros, descanso que se agradece. Antes de llegar a la estación de esquí de Superbareges ya oteamos a lo lejos el expectante y majestuoso titán pirenaico por el ambiente que lo rodea. Su presencia aviva el ritmo durante segundos porque desde este instante no bajaremos nunca del 8%, y queda una eternidad. A nuestra izquierda permanece Superbareges cuando tomamos una curva a la derecha continuada de una recta de casi mil metros. Otra nueva curva a la izquierda, con otra recta de idéntica medida nos vuelve a dejar donde mismo estábamos, evidentemente en un plano superior. El sufrimiento aparece con la altura, consecuencia de la atmósfera con menor concentración de oxígeno y la sucesión de kilómetros al 8-9%. A falta de cuatro kilómetros y medio, Eolo desempolva sus poderes y nos envía ráfagas de fuerte viento para darle más mérito aun a nuestra labor. De flaqueza habrá que sacar fuerzas para continuar con la gran Z final que a modo de escalera deja acceder a la gloria. Expectación la que se vive en la cima. Los últimos dos kilómetros son los peores, al 10%. La paciencia va tocando a su fin con las fuerzas ya muy mermadas. El viento sigue erre que erre y no va a impedir la mayor de las proezas logradas por el Club. El último kilómetro se hace eterno y las pedaladas finales se las dedicamos a nuestros compañeros que por distintas causas no han podido vivir con nosotros la apoteosis ciclista propiamente dicha. Gritos de ánimo entre todos, “Ya estamos arriba”. La enorme Z culmina con la célebre herradura a izquierda que nos ha ascendido a la cúspide del ciclismo mundial, después de superar al 12% el tramo definitivo. Sobre una empedrada base, mira al cielo igual que nosotros Octave Lapize, el Cristóbal Colon de Los Pirineos. Casi un siglo de viva historia ha pasado desde aquel lejano 21 de Julio de 1910, cuando por un camino de tierra embarrado, el primer mortal llegaba acompañado a pie de su máquina, inmortalizando la efeméride con su histórica acusación: “Vous êtes des assassins. Oui, assassins”.

 

            A sabiendas de lo que representaba nuestra gran gesta, el Ayuntamiento donó un trofeo para el espartinero que hiciera de Lapize. Manuel Romero, conocido como “El Niño del Polvero”, tuvo ese honor, el de ser el primer espartinero que llegó a la cumbre ciclista más importante de Francia y posiblemente del mundo. Además tuvo un detalle que habla por sí solo de su capacidad humana: dejará dicho trofeo en poder del Club según propias palabras porque “todo el que llega hasta aquí merece su recompensa y el trofeo lo merecemos todos por igual”. Algún día veremos ese trofeo lucir en nuestras dependencias.

 

            Abrazos y felicitaciones por doquier cada vez que veíamos nuestro maillot con lentitud acercarse a nosotros. Después del Niño del Polvero aterrizaba el otro “Niño”, el nuestro, envalentonado por ganarle unos metros a ese gran veterano que es Manolo Vega y que lo estuvo enseñando, aconsejando y por consiguiente mimando de principio a fin. Javier le pisaba los talones a la élite. Fernando y Francisco completaban también una gran ascensión. Miguel iba a más por día. Alejandro llegó fresco y con fuerzas suficientes. Juan con sus 95 kilos a cuestas se dejaba caer con casta. Poco a poco iban llegando todos. “El Viejo” era abrazado mientras se extendía en una de sus parrafadas; ni asfixiado por el esfuerzo calla; con tratamiento médico a base de protectores gástricos logró su hazaña particular; y así, con rabia, alegría, pasión y raza, nos hicimos acreedores, como bien decía El del Polvero, a nuestro trofeo personal. Pepe Camino cerró la lista, llegando el último a lo Lapize, sin poder con el último muro. Demasiado para el de Gines que no dejó pasar el tren de su vida y que sufría enormemente cuando la calzada miraba al cielo.

 

            Un camino por delante de la tienda de souvenirs es el acceso al Pico Midi de Bigorre, residente más alto con sus 2872 metros. El balcón a espaldas del Midi deja ver el trazado que traíamos. Indescriptible lo observado mientras un rosario de aficionados va llegando. Colas para la foto de rigor, individuales, colectivas, en pareja, “ahora yo con el Viejo”, “hazme a mí una con el Niño”, “yo me la haré con Lapize”, “tira otra por si no sale bien”, “ésta va para mi despacho”… Nadie quería irse. Después de llegar Camino estuvimos casi media hora recreándonos hasta que Rafael nos bajó de los cielos. “Señores, se nos está haciendo tarde”. Él tampoco quería retomar el volante; era testigo de cómo estaba disfrutando su hijo; el chaval se autoregaló una camiseta azul marino “Marca Tourmalet” que estrenaría después de la ducha. Únicamente se la quitaba para colocarse el maillot.

 

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            De mala gana montamos nuestras bicicletas. Por delante, 25 kilómetros de bajada. Si el descenso del Aubisque era muy técnico por su rococó trazado, el Tourmalet da miedo. Mucha pendiente y grandes rectas dan como resultado velocidades de más de 80 kilómetros a la hora. La kamikaze bajada nos lleva en un santiamén a La Mongie, estación de esquí siamesa de Bareges y su amplia gama de establecimientos hoteleros que dan alojamiento a una numerosa clientela invernal. Dos herraduras consecutivas nos rompen el ritmo en Artigues Campan junto con la reaparición de la niebla, que se acentuaba en Gripp después de atravesar varios túneles derivanieves mojados y de poca visibilidad por la neblina que arreciaba. La llegada a Saint Marie de Campan hizo que nos detuviéramos nuevamente en otro de los símbolos del cicloturismo internacional; dice la tradición que quien no se detiene y reposta la bendita agua de la fuente contigua a la iglesia, será presa de los malos espíritus, probablemente en forma de “pájara”. El enclave de estos chorros es estratégico en medio de la vorágine Aspin–Tourmalet. Su procedencia es de la Adour du Tourmalet, que pasa a denominarse Adour de Gripp al cruzar esta localidad, y que se unirá a la Adour de Payolle confluyendo en un solo río, la Adour, que será nuestra próxima escolta. Continuamos descendiendo desde la consagrada fuente con menos pendiente, hasta Campan, pueblo de mayor cuantía que nos sorprende por la presencia de muñecos por sus rúas. La locomotora tirada por los Manolos  y la ayuda de Juan que aprovecha su corpulencia en las bajadas, sigue a alta velocidad hasta Bagneres de Bigorre. En total han sido casi treinta los kilómetros desde la “maison de Lapize” hasta otra de las poblaciones que con frecuencia es final de etapa del Tour. Haciéndonos notar y con estruendos atravesamos Bigorre dirección a Tarbes, para girar a la izquierda a la entrada de Montgaillard. Dejamos la D 935 para tomar la D 937. Las nubes soltaban un ligero sirimiri que no había cesado por esta zona desde que empuñamos nuestras armas bien temprano. En Lourdes la Virgen hacía de filtro con negros nubarrones en su corona, impidiendo la caída del fluido acuífero. Era nuestra tercera comparecencia en la ciudad de las apariciones, esta vez con sabor a despedida.

 

            Al atardecer visitamos “La Grotte” entre miles de fieles que iniciaban un Via Crucis por los aledaños de la explanada donde fue construida la iglesia. Nos despedimos de La Virgen agradeciéndole la grata estancia en su ciudad con la promesa de volver algún día, obviamente con furgón y bicicletas.

 

            En la cena brindamos con vino, lujo que nos permitimos por haber salido airosos de la región donde se cuece el ciclismo y con la moral a prueba de bombas. Su Majestad El Tourmalet ya era historia.  

 

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EL DESCENSO DEL PEYRESOURDE

 

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            Corría el verano de 1983 cuando en una de las etapas de la “Grand Boucle” que finalizaba en Luchon, un joven segoviano que debutaba precisamente ese año, tras pasar segundo por la pancarta de Gran Premio de la Montaña del Col de Peyresourde con una desventaja de dos minutos, se lanzaba a tumba abierta tras Robert Millar que a la postre fue vencedor de la etapa con tan solo seis segundos de diferencia sobre el español. Fue la presentación de Perico Delgado en el Tour, con el sobrenombre del “Loco del Peyresourde” por el descenso suicida que realizó. Este puerto por su vertiente oeste es algo más corto, pero no por ello menos duro, siendo su descenso el plato fuerte de una jornada que nos aproxima a la frontera española.

 

            Cargamos el equipaje con brumas matinales y cierto desencanto; aunque tres días son muchos para estar en una villa como Lourdes, teníamos la ventaja de no tener que estar haciendo diariamente las maletas. Después de despedirnos de los trabajadores del Hotel Esplanade Eden agradeciendo todas sus atenciones, estábamos preparados para vivir el cuarto episodio, que tenía el gran aliciente e inconveniente de presentar doble ración, otros dos grandes clásicos del Tour: Aspin y Peyresourde, ambos de primera categoría. La salida es complicada y caímos en ruta errónea a pesar de que siempre salíamos por donde regresábamos la jornada previa. Regalamos algunos kilómetros a nuestros cuerpos hasta que dimos con la D 937. Ya en la senda hacia Bagneres de Bigorre, llegamos al cruce que nos sitúa en la misma base del pariente más cercano del Tourmalet. El Col d’Aspin por su cara oeste presenta un largo y suave ascenso exceptuando los cinco kilómetros finales. Si tomamos de referencia Bigorre, tenemos 24 kilómetros al 4% y si nos fijamos en Campan, serían 13 al 5%, archiconocidos desniveles del tercero en el escalafón del Tour tras Tourmalet y Aubisque con sus 67 coronaciones.

 

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            Los seis kilómetros que separan Bagneres de Campan se hacen llevaderos, sobre el 2%. El pueblo de los muñecos tenía la “Fête des Mariolles” en pleno apogeo. Esta curiosa fiesta debe su origen a la consagración del héroe local Dominique Gaye–Mariolle, un gigante de más de dos metros que fue soldado imperial y primer zapador de Francia en la segunda mitad del siglo XIX. En 1807 se presentó ante Napoleón con fusil y cañón de artillería bajo el brazo; de ahí la frase entre los lugareños “ne fait pas le mariolle” (no hagas el loco). Antaño estos muñecos de trapo rellenos de heno servían para ridiculizar a la gente del pueblo que no se casaban como mandaban los cánones de la época. Se hacían muñecos para la ocasión con una caricatura de su imagen y se colgaban de los muros o del tejado de sus viviendas, por ejemplo viudos que se volvían a casar o alguien del pueblo que lo hacía con una persona de otro lugar. De esta forma eran motivo de burla además de sufrir una cencerrada o “charvari” por parte de los vecinos. En el año 1990 se recuperó esta tradición que en la actualidad solo sirve como un aliciente más de la Fête des Mariolles, que se celebra el segundo domingo de julio, aunque los muñecos no desaparecen hasta la segunda mitad de septiembre para descansar el resto del año. El municipio de las marionetas posee industria propia de estos simpáticos personajes expuestos como una plaga por todos los rincones de sus calles.

 

            En Campan sigue subiendo ligeramente el desnivel hasta Rimoula, donde nos encontramos con rampas más serias a un palmo de la legendaria fuente de Saint Marie de Campan. Por temor a la leyenda, probamos el agua de la fuente y llenamos nuestros bidones de sus prominentes chorros, primera detención antes de continuar para digerir alimentos sólidos. Entramos en el casco urbano en pleno ascenso, fijándonos en las desconchadas y caducas fachadas, característica muy común en muchos pueblos de Francia; el año pasado en Vendargues ya lo detectamos. Un pequeño llano precede al cartel de 5% y 12 kilómetros, primera marca de la subida al Col d’Aspin; su vertiente oeste es larga pero muy tendida y hasta Payolle no encontramos mucha dureza. Sobrepasada la pequeña villa de deporte invernal, una pronunciada herradura a la derecha con un muro al 12% nos rompe el ritmo, primero de los cinco kilómetros finales de verdadera consideración; pasada la herradura tendremos un kilómetro al 9%, y los dos posteriores al 8. La niebla no nos deja ver el típico arbolado que define otro de los collados franceses más carismáticos. El penúltimo punto baja hasta el 7% con bastante tráfico rodado. Arriba, después de superar al 6% los finales mil metros, la niebla seguía siendo protagonista. Sacamos los chubasqueros de la furgoneta para protegernos de la niebla más que del frío. La cima estaba tomada por caravanas y tiendas de campaña que ya aguardaban el paso de sus ídolos con veinticuatro horas de antelación.

 

            El descenso lo hicimos con mucha precaución por estar el pavimento impregnado de agua; una lástima, porque animaba a hacer locuras. A mitad de bajada, el sol consiguió derrotar a la niebla, estirazándose el pelotón. Por cualquiera de sus caras, el Aspin no tenía desperdicio. Desde sus laderas y en cualquier dirección podíamos enmarcar las vistas. El gran valle que se abre en Arreau dejaba entrever la cercanía de España. Si seguíamos hacia adelante llegábamos al Tunel de Bielsa; a la salida de Arreau, enlazamos con la D 618 que nos recibe con el puente sobre la Neste de Louron. En el mismo puente nos detuvimos para juntarnos todos y de paso alimentarnos porque el indicador de dirección Col de Peyresourde lo teníamos a tan solo 200 metros. Al igual que su vecino Aspin, su cara más fácil es ésta que nos presenta, 10 kilómetros al 6%, datos un poco enmascarados que no representan en absoluto la dureza de sus últimos ocho kilómetros.

 

            El termómetro estaba subiendo en Arreau, a 18 kilómetros del puerto. Desde este mismo instante no tenemos un solo metro cuesta abajo, con los primeros kilómetros entre 2-3% salvo un peldaño fuera de lugar al 6. Hay un respiro de cinco kilómetros con alguna que otra rampa más pronunciada hasta que a lo lejos divisamos el primer cartel con descripciones, un 8% y 8 kilómetros de longitud, los más esperados y sufridos del Peyresourde. El siguiente nos castiga más, al 9,5%. Respiramos en el tercero y cuarto entre el 7 y 8% respectivamente para protegernos de la traca final, los más difíciles con la cima a tiro de piedra. Otros mil metros más al 9% con el penúltimo algo más suave nos empujan al kilómetro y medio decisivo con 10% de media. Ya estábamos advertidos y por eso no nos pilló por sorpresa la dificultad del Puerto del Peyresourde, en la misma cadena que sus antecesores Marie Blanque, Aubisque, Tourmalet y Aspin. Sus 58 escaladas en la reina de las carreras lo colocan en cuarto lugar en parrilla; otro más de los míticos había sido conquistado. Pero quedaba lo mejor, el largo y profundo descenso. Como el Aspin no lo disfrutamos por motivos ya narrados, en éste echamos el resto. Nada más comenzar a bajar, tres herraduras encadenadas nos frenan, de las pocas que íbamos a encontrar, ya que la bajada fue de aúpa por una carretera ancha y en excelente estado, que nos permitió rebasar la barrera de los 90 kilómetros/hora. Garin primero y Saint Aventin después son borradas del mapa por la alta aceleración del grupo. Bagneres de Luchon, fin de etapa, es un paraíso entre tanta montaña que se había vestido de largo para recibir a los más ilustres. El Hotel Bellevue estaba en la avenida principal, un amplio boulevard con comercio variado y restaurantes donde elegir. A las 13,30 horas, en un restaurant justo frente del hotel repusimos las calorías derrochadas en Aspin y Peyresourde.

 

            Luchon se puede disfrutar en cualquier estación del año. Superbagneres es su estación de esquí, moderno complejo turístico de gran capacidad. Paseamos al atardecer por el parque donde está el Balneario, otra de las atracciones de la localidad pirenaica, engalanada para el gran acontecimiento del año; su pretendiente, el Tour, pasaría a seducirla un año más por estas fechas. El noviazgo entre ambos perdura desde aquel célebre 21 de julio de 1910 en la épica etapa Pau–Luchon. Para ello el boulevard Allées d’Entigny se adornaba con los vencedores de etapa y a modo de farolillos de feria colgaban los maillots más representativos. Ya vivíamos el ambiente mágico que desparrama por donde quiera que pasa el gran circo de las dos ruedas.

 

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PLA DE BERET, EL SUEÑO

 

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            Cuando a principios del mes de enero hicimos la reserva en el Chalet Refugio Juli Soler de Salardú, era lo único que existía con disponibilidad en todo el Valle de Arán. El Tour acaparaba más de 15.000 plazas hoteleras y por mediación de Javier, dimos con este antiguo albergue regentado por una joven pareja vasca. Ninguna agencia de viaje fue capaz de encontrar un hotel en todo el valle con doce plazas libres. La regulación del tráfico era otra de nuestras preocupaciones, con previsibles cortes de carreteras incluso la víspera. Realizamos las oportunas averiguaciones a través de la Oficina de Turismo de Viella y los Mossos d’Escuadra, corroborando totalmente las previsiones. El Col de Portillón quedaba cerrado al tráfico la tarde del 12 y a partir de las once de la mañana del día 13, Viella permanecía en estrecha vigilancia; esto significaba que el furgón necesitaba de recorrido alternativo para cruzar la frontera porque la Gendarmería francesa no permitía el acceso, y por otra parte debía de atravesar la capital del valle prontamente. Conclusión: carecimos de nuestro ángel de la guarda particular, personalizado en Rafael padre y sus palabras de aliento, que por necesidad no le quedó más remedio que estacionar su furgoneta en el Albergue Juli Soler bien temprano. Benditos problemas, ya que nos disponíamos a vivir otra jornada inolvidable.

 

            El equipo se puso en marcha con la ilusión de presenciar in situ el paso de un pelotón de profesionales algo descafeinado por la trama de dopaje que se había destapado días antes, liquidando de un plomazo a los principales favoritos. Por delante teníamos una corta pero exigente etapa, con dos puertos que no se parecían en nada; el Portillón, corto y durísimo, y Pla de Beret, muy largo y tendido. Cual fue nuestra sorpresa al abandonar Luchon y tras pasar el cordón de gendarmes que tenía cerrado el paso hacia España, que nos encontramos una pancarta roja y blanca de lunares: COL DE PORTILLON. SOMMET 8 KM. ¡Es del Tour!. Un escalofrío recorre desde el casco hasta las zapatillas a la cohorte blanquiazul, que se topaba totalmente en frío con las primeras rampas del Portillón. Este guapo paso de montaña es frontera entre España y Francia, al igual que el Somport. Decorado con arboleda forestal, el Col de Portillón es una escalada de algo más de ocho kilómetros con una pendiente media alrededor del 8% que ha sido ascendida 18 veces en distintos Tour. No hay que decir ni una palabra más para definir la complejidad de su ascenso. Sin calentamiento previo, comenzamos el ascenso, al 5% el primer kilómetro. Un tremendo muro al 13% nos corta la respiración durante unos instantes. Vamos tirando a trancas y barrancas hasta superar el segundo kilómetro que nos marcaba un 10% y con desniveles tipo Marie Blanque. La Diosa Fortuna nos socorre por momentos en el tercer punto, bajando hasta el 8%; pero notamos que el desnivel es algo menor de lo indicado, hasta que encontramos la respuesta en una rampa al 14% larga y sin curvas, para recrearnos con la pendiente. Un milagroso falso llano de unos 300 metros nos salva de la catástrofe, continuándose al 6% el ecuador del puerto. Los tres últimos kilómetros no tienen respiro, al 10% con repechos muy duros. El fantasma del Marie Blanque revoloteaba en el ambiente, otro muro al 12%, y otro, otro más… SOMMET 1 KM; un nuevo aviso con el sello de la Organización del Tour de Francia, que conseguía aplacar los taquicárdicos músculos cardiacos. Solo un kilómetro para terminar. La última herradura a la derecha ya con bastante menor desnivel, seguida de una curva contraria veinte metros más adelante, nos ha colocado en el diabólico Col de Portillón, que recordó a la inmensa mayoría el calvario del primer día. En la “sommet” se palpaba el mundillo del Tour, con muchísima gente aguardando, y eran nada más que las nueve de la mañana, hora de la dominación de otro col de primera categoría.

 

            Como siempre en estos casos, después de las fotografías, vuelta al tajo, ya en territorio español. Regreso a  la patria por uno de sus más complicados puntos. ¿Quién sería el autor del itinerario…?. Con todo el asfalto para nosotros, el trazo del descenso fue histórico. Que gozada descender un puerto a sabiendas de que no te vas a encontrar ningún vehículo de frente. El Portillón finaliza en Bossòst con cuatro fenomenales herraduras, que nos vuelcan en la nacional 230 en el comienzo del valle más turístico de la península, el País de Arán, como gusta oír a sus habitantes.

 

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            Intensa circulación con camiones–tráiler pasándonos constantemente. El desmontable escaparate de la carrera gala viajaba hacia Pla de Beret, con once locos siguiendo su estela. La llegada a Viella se hacía de rogar, ya que desde el mismo cruce de Bossòst se va en falso llano hasta la ciudad aranesa. Desayunamos con los conductores de los vehículos del Euskaltel–Euskadi, alojados en el hotel de esquina a la carretera comarcal C 28, nuevo rumbo dirigido a la Meta de la 11ª etapa del Tour. El tráfico, sin estar cortado, era controlado por los Mossos d’Escuadra, con predominio de motocicletas y vehículos carentes de motor. En Viella, a más de mil metros, resurge el protagonismo de un puerto de Categoría Especial, no en sí por la violencia de sus rampas, sino por su gran longitud y emplazamiento. Popularizado por la Vuelta a España, hoy se daba a conocer en todo el mundo el Col de Beret, con 22 kilómetros de subida al 4,2 % por la vertiente oeste.

 

            Arranca en la misma Viella con desniveles que no superan el 4% en los seis primeros kilómetros. Betrén y Escunhau, después de pasar bajo la pancarta de 20 kilómetros Meta, preceden a otro de los pueblos de gran solera del valle, Artiés. Ya detectamos mayores desniveles, más del 5% en dos kilómetros, para suavizarse nuevamente a la llegada a nuestra guarida del día. A la salida de Salardú, dando a la carretera, se destaca un pequeño edificio de tres plantas con restaurante en la planta inferior: Chalet–Hotel Juli Soler. Rafa nos hacía señas en una especie de montículo para que supiéramos la entrada. Superando la curva, recogimos de manos del buenazo de Rafael agua, refrescos, bocatas… que nos había preparado para continuar hasta la cima en los trece kilómetros que nos restaban. En la curva del Albergue aumentaba el desnivel al 6%, manteniéndose en esa cifra prácticamente hasta la cima. Pasado el desvío de Tredos localizamos la pancarta de 10 kilómetros Meta con las dos primeras curvas de herradura que nos empujaban a la segunda población en importancia del Valle de Arán: Baqueira. Los Mossos d’Escuadre y Protección Civil se dividían el control de la travesía. En el giro a la izquierda dirección Beret, se peregrinaba al estilo del Camino de Santiago. Si desde Bossòst adelantábamos y nos adelantaban muchas bicicletas, a partir de aquí parecíamos inscritos en una Marcha Cicloturista; cientos de deportistas de todas las edades subían a lomos de sus bicis al compás que cada uno elegía. A medida que nos íbamos acercando a Meta, una marea naranja nos animaba sin cesar. La sabia afición vasca se había dado cita para presenciar el paso de los profesionales y entrenaban con nosotros. Sucedió un intercambio de rol, y éramos nosotros los protagonistas, o al menos así lo parecía por la manera de aclamarnos. Esto ya era demasiado. Como en una nube íbamos devorando kilómetros sin aparente esfuerzo. La sucesión de arcos y pancartas anunciando el puerto y la meta distraía nuestra atención, concentrada en este gran ambiente en las nueve herraduras que teníamos que superar desde Baqueira. En las cunetas no cabía un alfiler, franceses, holandeses, alemanes, italianos, pero sobre todo vascos, nos ofrecían sus mesas para compartir mantel. Esto es el Tour, la unión de pueblos de distinta lengua hablando en el mismo lenguaje. SOMMET 5 KM. ARRIVÉE 5 KM. No queríamos despertar. “El Viejo” parecía vestido con el maillot amarillo al ser el más aclamado, y él respondía uno por uno a todos sus fans. La pendiente siempre sobre el 6% nos facilitaba un cómodo pedaleo sin ningún muro que destacara. Con este mágico ambiente caían los kilómetros sin darnos cuenta: SOMMET 1 KM. Esto se acaba. La llegada a la pancarta de Premio de la Montaña fue casi en pelotón; las bicicletas habían proliferado hasta el punto de tener que aminorar la marcheta. Nuevas tomas bajo la pancarta del Puerto de Beret, donde la calzada cae levemente hasta alcanzar la gran explanada donde estaba instalada la Meta. Nos faltaron los últimos 150 metros por estar vallado el recinto, siendo materialmente imposible continuar. Fueron los 20 kilómetros más cortos de toda la ruta, a pesar de hacerlos subiendo.

 

            Nos dimos la vuelta para tomar el camino de regreso. Durante el descenso, nos cruzamos con los vehículos de la Organización y miles de bicicletas; ni la Quebrantahuesos junta tal cantidad. Nos llamó la atención en plena fase de ascenso una criatura que no tendría más de tres añitos que subía a golpe de riñón piropeado por todo el mundo con su progenitor a rueda. ¡Que afición!. Los saludos de cortesías eran una constancia. Hasta la llegada a Baqueira no soltamos el freno, sin pasar de 25 kilómetros/hora en toda la bajada, no se podía andar más. El giro a la derecha dirección Viella nos retorna a la realidad, en busca y captura del establecimiento hotelero concertado.

 

            Las chicas de Villa Europa se habían adelantado al igual que el año pasado al autobús de familiares. Nos invitaron a unos bocatas que supieron a gloria en un salón del albergue. El postre era inesperado, una kilométrica tarta de manzana que hizo las delicias del respetable. Gracias chavalas.

 

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            A pie del hotel, con una simpática pancarta diseñada por Javier y Rafa, presenciamos el paso de los figuras del pedal; ¡Iban muertos!. Eran tres etapas de las nuestras en una: Tourmalet, Aspin, Peyresourde, Portillón y Pla de Beret. Con etapas como éstas y con conocimiento de causa, quizás resulte un poco más fácil comprender los grandes problemas de este colectivo.

 

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            El Tourmalet y la etapa del Tour, en ese orden, fueron los dos grandes acontecimientos de esta Ruta Pirenaica 2.006. Hoy habíamos vivido un sueño real, el que nos hizo recorrer una gran kilometrada de una etapa de alta montaña de la madre de todas las carreras, el TOUR DE FRANCIA. Tal vez por eso, cada día que pasaba estábamos más crecidos.

               

LA BONAIGUA YEL VALLE DE ARÁN

 

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            El sexto episodio era el más largo; aunque poseía dos puertos muy serios, en la línea de meta situada en el andorrano Hotel Eureka esperaba el beso familiar, justificación más que suficiente para el abandono del hipnotizador Valle de Arán por su cota más altiva, el Puerto de la Bonaigua.

 

            Desayunamos muy temprano para acortar en tiempo el palizón de 140 kilómetros previsto, donde destacaban, y de qué manera, los puertos de La Bonaigua y el Cantó. Tour y Vuelta conocen a los dos actores del día. El pelotón galo ha circulado en dos ocasiones por estas latitudes, en 1974 y 1993, justamente por la vertiente opuesta a la que nos apresurábamos a tomar. A partir de la década de los 80, la Vuelta a España incluye con frecuencia estos dos puertos catalogados de primera categoría por cualquiera de sus caras. Cantó con diez pasos y La Bonaigua con seis, magnificaron los itinerarios del pelotón hispano. En el mundo del cicloturismo son de los puertos más cotizados; avalados por su paradisíaca geografía, se incluyen a menudo en marchas catalanas para distraer  y de paso incordiar a sus participantes.

 

            El puerto de La Bonaigua por su vertiente oeste pone sobre la mesa 23 kilómetros al 5% de pendiente media. Ocurre que partimos de Salardú, con nueve kilómetros ya ganados, precisamente los más dulces. Al igual que la previa, tenemos totalmente en frío catorce kilómetros para calentar al 6%. La Bonaigua es un dos mil con todos sus avíos, largo, para nada monótono y a veces duro. Salardú nos orienta hacia el preciosismo de renovadas aldeas componentes todas del valle donde la Familia Real pasa sus vacaciones de invierno. Pasado el desvío de Tredos, aun recordábamos las dos herraduras que nos van haciendo ganar altura.  En cuatro kilómetros, con el 5–6% de media, llegamos a Baqueira, aumentando un puntito más la pendiente, ya muy regular al 6% con un algún kilómetro al 7. Con el firme en mal estado, el autobús del equipo T–Mobile está maniobrando, siendo objeto de atención por parte del grupo, que camina con vivacidad enfilando una recta de varios kilómetros cortada por una precipitada montaña; un abordaje de cuatro curvas de herraduras nos deja muy cerca del techo del valle. Ya divisamos el antiguo refugio montañero, justo en todo lo alto. Es la cima de este histórico puerto, por encima de los dos mil metros y que hemos doblegado sin  muchos aspavientos. Stop con nuevas imágenes para el recuerdo. El interior del refugio ha sufrido una metamorfosis, convirtiéndose en un bonito restaurante. Antes de continuar, advertimos al personal del peligro del descenso, regular asfalto y concatenación de curvas en herradura.

 

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            Desde 2.072 metros nos lanzamos, para intentar disfrutar dentro de lo posible el bacheado descenso de La Bonaigua. Carretera en regular estado hasta las infinitas herraduras, contamos hasta 19 en este primer tercio. En una de ellas dejamos a la izquierda la Ermita de La Mare de Déu de les Ares, desde donde comienza a seguirnos el Río Bonaigua, afluente del Noguera Pallaresa. La cercanía de las poblaciones de Aneu hace que mejore el firme. En Valencia de Aneu nos detenemos breves instantes para el reagrupamiento. Pero el descenso suma y sigue hasta Esterri. Hemos saltado del Valle de Arán al Valle d’Aneu, regado por el Río Noguera Pallaresa, que se apantana en La Guingueta. El treno, conducido por los Manolos, continúa a altísima velocidad. Aprovechando que la pendiente sigue favorable, ya en menor escala, vamos restando metros al cuentakilómetros. Llavorsí y Rialp preceden a Sort, segundo avituallamiento en las faldas del Col de Cantó. Han sido más de 50 los kilómetros que hemos hecho descendiendo en poco más de una hora.

 

            El Collado de Cantó es una irregular ascensión que tiene su máxima dificultad en los primeros ocho kilómetros, con pendiente entre 7 y 8%. En total son casi veinte al 5,5%, por su cara algo más corta pero de mayor dificultad, lo que tenemos sobre el tapete. Además no contábamos con un gran enemigo, el calor, que por primera vez en todo nuestro largo viaje incordió justamente cuando menos lo requeríamos.

 

            Con abundante líquido en tracto digestivo tomamos contacto con las primeras rampas, sobre el 5%. Aprieta el astro rey al abandonar Sort. En breve, reaparecen los porcentajes típicos de estos parajes. No da tiempo a conversar sobre la cuenca de los valles leridanos. El Cantó está en pleno apogeo en su fase más terrorífica. Rafa se multiplica ante las numerosas llamadas que reclaman bebidas isotónicas y las rampas se suceden una tras otra sobre el 7% con el primer par de herraduras algo distanciadas. Continuamos nuestro ascenso muy parejo en desnivel, con otro par de curvas; en lontananza Villamur, que anuncia el final del tercio más complejo del collado. Los próximos cuatro kilómetros son más livianos, tendiéndose discretamente la carretera sobrepasado Villamur. Las piernas ya no son las mismas; duras y pesadas como rocas, soportan el transcurrir de kilómetros con sus correspondientes porcentajes. Bien sobrepasado el ecuador del puerto, nuevamente encontramos dificultades. El Col de Cantó se vuelve a manifestar en nuestra contra, empinándose de nuevo y gradualmente hasta alcanzar rampas del 7%. El final se presiente, visualizándose perfectamente el alto muy cerca de Rubió. La aldea catalana anida sobre un falso llano de mil metros, que nos deja en el último kilómetro. Apretamos los dientes para impulsarnos al amplio espacio que define la cumbre del Cantó. Cielo azul y calor, a 1725 metros sobre el nivel del mar, acompañarán en los 26 kilómetros de descenso. Las cámaras enfocan al grupo unido en el portillo catalán. Gran victoria sobre el Puerto del Cantó, con la Bonaigua como aperitivo.

 

            La bajada se presenta suave en su inicio sobre el 4%, continuado con tres kilómetros de llano que preceden a la primera caída brusca de desnivel. Un parón de más de mil metros con pendiente contraria hace que se fusione el paquete. Otro tramo suave nos enfrenta nuevamente con una tachuela de 900 metros; así se van alternando pequeñas cotas con trozos inestables de descenso; cruzado Avellanet cambia por enésima y última vez este parabólico perfil, despeñándonos por una excelente carretera a velocidades de vértigo. Una extraña maniobra del Niño desorienta a Javier, que casi da con sus huesos en el suelo cuando circulaban a más de 60 por hora. En Adrall, fin del Cantó, ambos discuten; sufre Rafa padre en silencio cuando ve a su vástago en plena riña con Javier. No pasó de ahí el pequeño incidente, pocos para la tensión interna que acompaña cuando vamos en bicicleta. “El Niño” medita mientras pedalea, y en un acto de hombría, se disculpa ante Javier:

 

            - ¿Vamos a seguir siendo amigos?

          

            El de Villa Europa lo mira fijamente y sonríe. Nada más se habló ni se supo. Son muy fuertes los lazos del Club, reforzados con este tipo de actos.

 

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            Cuando nos dimos cuenta estábamos en Seo d’Urgel. Desde Adrall volvíamos a pisar la misma ruta que el año anterior en la etapa Balaguer–Puigcerdá. En La Seo, giramos a la izquierda dirección Andorra en el bar de esquina donde nos habíamos detenido un año antes. Indicadores en la rotonda, a la derecha Puigcerdá, y al frente Andorra. El cielo se había cubierto, sorprendiéndonos con un fuerte aguacero antes de cruzar la tercera frontera de esta apasionante aventura. Así nos recibió Andorra, con peligro por la lluvia y tráfico acumulados por la franja horaria. La calzada vuelve a  mirar al gris cielo, recordándonos que estábamos en Los Pirineos. Concierto de móviles con los seres queridos esperando el reencuentro. Desde Saint Julià de Lòria preguntábamos por el Hotel Eureka. Sin solución de continuidad, Santa Coloma y Andorra la Vella seguían en pequeño ascenso al primer municipio andorrano. Muy cerca de un parking de autobuses, resaltaba el Eureka. A las 14,45 horas se detuvo el tráfico en la Avenida Carlemany ante la atronadora ovación que estalló a nuestra llegada. Era el lugar elegido para abrazar a nuestros familiares y amigos que se habían desplazado en autobús desde Espartinas para pasar el fin de semana con nosotros.

 

            Dimos reposo a las ruedas con el desafortunado resbalón de Fernando, que se produjo un importante traumatismo costal que no consiguió cambiar su buen humor. Al finalizar las etapas hay que descalzarse, ya que las calas de las zapatillas provocan inoportunas caídas que, como ésta, te pueden llevar a un centro hospitalario. Abrimos el botiquín para sedar y tratar al bravo corredor asturiano, que pudo haber sufrido alguna fractura por el impacto en seco con el gres.

 

            La tarde fue aprovechada para pasear y hacer algunas compras. La gran gama del comercio de Andorra te permite encontrar cualquier producto a muy buen precio. Un buen chaparrón al caer el sol, puso en duda la última etapa, con la que únicamente se atrevieron “los solteros”: Rafa, Manolo Vega, Manolo Romero y Alejandro.

 

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ENVALIRA, CIELO PIRENAICO

 

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            La presencia familiar y la larga noche de copas por Andorra redujo al grupo. Cuatro valientes mosqueteros desafían al Col d’Envalira con un corcel metálico, el casco y la fuerza de sus músculos como armas. Por su vertiente sur, es un puerto interminable. Sus credenciales son 30 kilómetros al 5 %, datos más propios de los Alpes donde los puertos son más largos y tendidos. De categoría especial, el Envalira ha sido ascendido en numerosas carreras, entre ellas seis veces el Tour, tres veces la Vuelta y otras tantas la Volta. Su escorada situación, no le confiere el protagonismo que merecería con estadísticas en mano. Al igual que el Tourmalet, en las carreras suele hacer de penúltimo filtro antes de terminar en Pal, Arcalis, La Rabasa o cualquier otra estación de esquí de la zona. El Col d’Envalira es la última baza, indigesto postre para poner punto y final.

 

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            En la misma puerta del Hotel Eureka comenzamos la subida. Nos sucedió igual con el Portillón y con La Bonaigua. En Los Pirineos no existe el calentamiento, o mejor dicho, calentamos en pleno ascenso. Hasta Encamp no se supera el 6%. El Museo Nacional del Automóvil es visita obligada, con una exposición de vehículos desde el año 1885, Tiburón, Jaguar, Rolls Royce, Cadillac, Porche… Antes de llegar a Canillo, sobre el kilómetro 9, se endurece el trazado durante más de mil metros en las inmediaciones del Santuario de Meritxell, patrona de Andorra. Tranquilidad a partir de Canillo sin sobrepasar el 5% durante varios kilómetros. Soldeu, a 1825 metros de altitud, es el pueblo de la Península Ibérica de mayor altura, y para eso se empina más la calzada. Restan los 10 kilómetros más difíciles, con pendiente nunca inferior al 6% y algún que otro repecho sobre el 10%. Los cuatro jinetes disfrutan sobre sus monturas por las escarpadas laderas, tomando nota mentalmente de curvas y contracurvas para el posterior descenso, superando el vendaval desatado desde hace rato. La concentración del gas vital va disminuyendo, efecto combatido con mayor actividad pulmonar. La inspiración profunda consigue introducir más oxígeno para paliar el sufrimiento del tejido muscular.

 

         Al llegar a una gran rotonda, nos desviamos de la autovía nueva, continuando por la carretera antigua. La conocida zona de las herraduras es la más dificultosa, con tramos al 9% sin respiro. El viento sigue molestando, ya no como al principio. Se presiente y se acerca el final. Los últimos kilómetros sobre el 6% a tren, nos acercan al paso de montaña de mayor altura de los Pirineos. La postrera herradura a la derecha nos levanta al 9% el final del Col d’Envallira. Sus cerca de 30 kilómetros de ascenso, certifican su Categoría Especial. Saludamos a unos percherones antes de tomar la muestra fotográfica para la posteridad.

 

            Tras coronar el monstruo andorrano, volvimos a tomar la misma calzada en sentido inverso. En esos treinta kilómetros de triste descenso, nos dio tiempo a repasar uno por uno todos los días de esta inigualable ruta. Los cuatro últimos kilómetros del Marie Blanque, la conquista del Tourmalet y la etapa del Tour, pertenecen a un pasado que narraremos miles de veces. Pero no podemos olvidar Somport, Aubisque, Soulor, Aspin, Peyresourde, Portillón, Pla de Beret, La Bonaigua, Cantó y Envalira, puertos míticos del Tour de Francia superados con éxito por once valientes ciclistas del Club Deportivo Espartinas Tilde.

 

            Repetían en rutas de largo recorrido Juan Leal, Miguel Cruz, Javier Viejo, Fernando Baelo, Francisco González Polvillo, Manuel Carrasco, Rafael Martínez Ramos y Rafael Martínez Gutiérrez pilotando la furgona. Para Manuel Vega, aunque conocía el terreno, era su primera gran aventura con el Club. A Alejandro Villalobos le acreditaba su profesión; el excéntrico periodista, con mucho mundo a sus espaldas, logró las simpatías del personal. La calidad de su pluma la veremos en uno de los medios de comunicación para los que trabaja, en un reportaje con su personalísimo sello. Del Club Ciclista Caracol repescamos a Manuel Romero y José Camino para completar el listado; El del Polvero, espartinero de nacimiento, se ganó a las primeras de cambio al grupo por su compañerismo y ganas de currar. El jubilado del Cuerpo Nacional de Policía subió al tren casualmente; sin preparación adecuada y sufriendo lo indecible, disfrutó a su manera de su mayor locura ciclista. Tanto uno como otro llevan su agenda repleta para exponerla a la Directiva de Bormujos. Compartiremos en el futuro a estos dos grandes elementos, que aportaron su sapiencia y modestia, juventud y veteranía, opiniones siempre a tener en cuenta de dos grandes forofos del pedal. 

 

            La gran anécdota sucedió en la frontera de Andorra en el viaje de vuelta, cuando el furgón cargado de bicicletas fue retenido por la Guardia Civil. Según nos explicaron, deberíamos de haberlas declarado a la ida. Alfredo Fernández, Sargento de la Benemérita que viajaba en el autobús, resolvió la situación. Alejandro para no aburrirse, dio rienda suelta al objetivo de su cámara, siendo ésta requerida por un Guardia. Fue su última travesura.

 

            Por segundo año consecutivo, podemos volver a hablar de otra gran hazaña del Club. A toro pasado, levantamos la copa por la consecución del gran objetivo de la temporada 2.006. Pero no nos equivoquemos, tenemos que seguir trabajando; en un futuro no muy lejano esperan el Camino de Santiago, Los Alpes o Los Dolomitas. Para ello ya se está moviendo Juan Pedro Corrales, incansable político siempre al pie del cañón en constante lucha para que su pueblo tenga lo más y mejor en materia deportiva. Ya ha prometido que el Camino de Santiago lo hace con nosotros, y cuando a Juan Pedro se le mete algo entre ceja y ceja…

 

AGRADECIMIENTOS

 

            Los grandes proyectos no se hacen realidad de la noche a la mañana. Anteriormente, han necesitado de un largo estudio y una amplia dedicación por parte de sus promotores. Es hora de sacar al encerado a las personas e instituciones que han permanecido a la sombra de todo este tinglado.

 

            A la Dirección del Grupo EDIMAR, personalizada en Gerardo Martínez Retamero, le explicaremos próximamente hasta donde hemos llegado con su donación. Desde estas líneas no podemos más que loar su comportamiento, en pro de un deporte minoritario, que precisamente no cuenta a estas alturas con la credibilidad necesaria. Por eso tiene doble mérito su gran aportación.

Siempre en contacto durante el viaje, tanto Domingo Salado como Juan Pedro Corrales, Alcalde y Concejal de Deportes respectivamente, mostraron su interés y admiración por unos deportistas que llevaron a cotas altísimas el nombre de nuestro pueblo. El consistorio espartinero y EDIMAR, han sido los dos grandes pilares en los que se ha cimentado esta Ruta Pirenaica 2.006.

 

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            ¿Quién iba a pensar décadas atrás que un grupo de ciclistas de Espartinas subirían el Tourmalet?. Con la montera en la mano, no olvidemos que estamos en tierras de dinastías taurinas, nuestro más sincero agradecimiento a Don Gerardo y a nuestra Alcaldía. Sin su patrocinio, esta gran cabalgada cicloturista hubiese sido inviable.

 

            Además de EDIMAR y el Ayuntamiento de Espartinas, han colaborado desinteresadamente M.R.G., Merkamueble, Expo Bici, Aljarafesa, Coca Cola, Viajes Marsans y Clínica de Fátima.