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Camino de Santiago jul_2007

 CAMINO DE SANTIAGO VITORIA-SANTIAGO DE COMPOSTELA

 

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900 kilómetrosde peregrinación a la Plaza del Obradoiro

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RUTA JACOBEA

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            Por tercer año consecutivo habíamos planeado una ruta ciclista diferente, y quizás poco original, pero fue lo aprobado en la Junta anual ordinaria, guiados tal vez por la posible participación de nuestro hermano Club de Vendargues. Todavía en diciembre duraba la resaca de los puertos pirenaicos, y el personal no tenía muchas ganas de guerra.

 

            Existía cierto temor a altas esferas del Club por la cercanía de las elecciones municipales, olvidándonos que las urnas, al igual que la carretera en nuestro deporte, dejan a cada uno en su sitio. El Partido Popular renovó su dominio en el Municipio y pudimos contar con su colaboración nuevamente. ¿Y si no hubiese sacado mayoría absoluta o hubiese ganado el P.S.O.E.? Nunca se sabe, pero es más que probable que el proyecto se hubiese tambaleado; no obstante con la buena voluntad de todos lo hubiésemos sacado adelante, al menos eso pensamos. Con cambio en la Concejalía de Deportes, donde Inmaculada Romero se hizo con el mando sustituyendo a nuestro admirado Juan Pedro Corrales, le deja en nuestra Sección el listón altísimo, abordamos el segundo gran objetivo del año después de la Marcha Cicloturista. Juan Pedro abandona el Deporte y ocupará la vacante por fallecimiento que deja el más veterano de los políticos del pueblo, José Fernández Martínez, “Pepe El Mochuelo”.

 

            Una de las primeras actuaciones de la ex-coordinadora de Deportes estaba relacionada con nosotros, poniendo a nuestra disposición la flota de autobuses municipales. Por problemas de alojamiento se frustró el viaje a Sierra Nevada, en el cual teníamos concedido el autobús municipal. La segunda concesión la tuvo que luchar por el rompecabezas del Jefe de Transportes con sus conductores y vehículos. No había forma de cuadrarlos. Tras un careo a tres bandas, el Alcalde, Luís Manuel e Inmaculada, programan con la empresa Marín un 50 plazas para Santiago, inconvenientes de última hora que no eran nada agradable tras la experiencia de Andorra. Fue la segunda gran demostración de la recién nombrada Edil de Deportes. Inmaculada lleva años en Espartinas y es la persona más capacitada para llevar el bastón de mando deportivo, conoce todos sus entresijos y posee una virtud que siempre la ha caracterizado: trabajo, trabajo y trabajo.

 

            El viaje lo teníamos bien estudiado y con el resultado electoral totalmente apuntalado, sin ningún problema de alojamiento en una buena labor de Viajes Marsans, y con la sorpresa de un nuevo furgón, baza que tenía en la manga nuestro manager, otra más de sus aportaciones que restó del presupuesto primitivo una buena cantidad. Después de aprobar los exámenes médicos, llegó el día de partida, el viernes 6 de Julio. La tarde anterior dejamos preparado el enorme vehículo que Rafael nos tenía reservado, y que durmió en la Caseta Municipal con las máquinas de dos ruedas relucientes ante esta tercera gran aventura.

 

            A las nueve en punto, partía hacia Madrid un AVE cargado de ilusiones con nerviosismo en uno de los debutantes, Alejandro. De Atocha nos cambiamos a Chamartín para tomar el tren regional que nos conduciría a Vitoria, en un viaje con tintes de siglos pasados. Desde las 13,30 hasta las 19,10 le dimos la vuelta a Castilla: Madrid, Avila, Valladolid, Palencia, Burgos, Miranda de Ebro y por fin… Vitoria. El tren iba repleto, con gente sentada en los pasillos que se encaminaban al Chupinazo de Pamplona, la Fiesta de San Fermín. En una de las paradas, una joven le recrimina a Manolo Vega que estaba ocupando su sitio. En verdad tenían el mismo asiento, pero el revisor la sacó de dudas; había tomado un tren equivocado y en sentido inverso para colmo. La chavala se defendió argumentando que se había anunciado su tren a esa hora y en esa misma vía, apareciendo el “Expreso de San Sebastián” que llevaba 15 minutos de retraso. A ninguno nos hubiera gustado estar en su pellejo.

 

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            En Vitoria hacía 20ºC menos que en Sevilla. Rafael Martínez con Manuel Carrasco y Manuel Romero Larry nos esperaban en la estación, primer gesto de compañerismo, para llevarnos las maletas al Hotel General Alava. Del Expreso se apearon Juan Leal, Miguel Cruz, Fernando Baelo, Javier Viejo, Francisco González Polvillo, Rafael Martínez hijo, Manolo Vega, Manuel Romero (El Niño del Polvero), Pepe Camino y los neófitos Alejandro González y Joaquín Molina, este último sustituyendo a Francis Venegas que se había fracturado cadera y clavícula quince días antes.  Paseamos por la ciudad que encabeza el ranking español en calidad de vida, deteniéndonos en la Plaza de la Independencia para observar a la Virgen Blanca, primera de las imágenes que nos encontraríamos en esta ruta deportiva y religiosa. La bellísima capital vasca sufrió un cambio climático al amanecer, cubriéndose el cielo de nubes de color sospechoso, presagio de lo que nos ocurriría en nuestra peregrinación compostelana.

 

            Por delante, siete apasionantes capítulos:

 

1.      Vitoria–Bilbao. 128 km. Puertos de Arlabán, Elgeta y Urkiola.

2.      Bilbao–Santillana del Mar. 135 km.

3.      Santillana del Mar–Cangas de Onís. 141 km. Altos de Nóvalos, Ortiguero y Lagos de Covadonga.

4.      Cangas de Onís–Oviedo. 115 km. Cima de L’Angliru.

5.      Oviedo–Ribadeo. 155 km. Altos de Cabruñana y La Espina.

6.      Ribadeo–Lugo. 95 km. Puerto de Marco Alvare.

7.      Lugo–Santiago de Compostela. 113 km. Monte de Meda.

 

URKIOLA, EL SANTUARIO DEL CICLISMO VASCO

 

            En inolvidable fecha, 07/07/07, siete de Julio, San Fermín, abandonamos Vitoria preocupados por la consulta al Instituto Nacional de Meteorología,  pronosticando lluvia en varias de las jornadas, y efectivamente se cumplió, ¡vaya si se cumplió!. Por la autovía hacia Bilbao buscábamos la A-627, que la tomaríamos en Urbina, comienzo de la que esperábamos primera gran dificultad del viaje, el Puerto de Arlabán, de asequible ascenso por esta cara sur. Subimos agrupados hasta observar el cartel que indicaba la cima. “El Niño” se encontraba decepcionado: ¡Ni esto es puerto, ni esto es ná!. La verdadera dimensión de Arlabán está en su cara norte, afortunadamente.

 

            Al kilómetro de comenzar el descenso, y frente a un caserío, nos detuvimos en el monumento a la Virgen de Dorleta, Patrona de los ciclistas. Protegida por una pequeña cubierta de tejas, se encontraba totalmente rodeada de flores, gorras, botes, dorsales y algún que otro objeto que se me escapa. Recordamos a nuestros compañeros Manolo García y Francis Venegas, ofreciéndoles nuestra silenciosa oración. La ocasión era para enmarcarla personal y agrupadamente. Nos despedimos de La Patrona solicitándole protección, para continuar con una larga bajada que nos llevó a Aretxabaleta primero y Mondragón después. Habíamos entrado en territorio comanche, suelo guipuzcuano, de las zonas de mayor reclamo de aficionados de toda la península. En Bergara tuvimos el primero de los despistes, pasándonos el desvío hacia Elgeta. Justo después de una gasolinera, comenzaba una fuerte rampa que nos anunciaba la segunda de nuestras batallas, el Alto de Elgeta. Hasta que en 1979 Unipublic se hace cargo de la Vuelta a España, Elgeta y Urkiola rivalizaban en ser el puerto que más veces se había transitado en la ronda española. A partir de ese año, Unipublic decide muy injustamente privar al País Vasco de la Vuelta de todos los españoles, relegando a estos dos míticos alaveses a un segundo plano, aunque sigan destacando con luz propia.

 

            Ya en la primera edición, en 1935, es incluido Elgeta en el trazado de la Vuelta. Desde entonces, y hasta 1978 se ha ascendido en más de veinte ocasiones, siendo uno de los grandes clásicos vascos. Considerado de segunda categoría, el Alto de Elgeta puede presumir de sus rampas, a pesar de ser corto, algo más de seis kilómetros, y tener los tres primeros de falso llano. La GI 2632 comienza a ponerse seria al principio, con una herradura a derechas que deja clavado a Camino con problemas en el cambio. Los primeros compases, salvo esta herradura al 10 %, no pasan del 3 % en ningún momento. Tras sobrepasar Ubera, aparece el cartel del 10 %, que se nos antoja engañoso, con otra herradura, ahora a izquierda sobre el 12 %. Se desentierra el hacha de guerra, y “El Niño del Polvero” le hace señales de humo a Rafalito. Dos largas rectas nos dejan casi en la cumbre, siempre sobre 9-10 %, donde hacemos una parada en la misma plaza de una localidad que no llega al millar de habitantes. Reponemos fuerzas, y nos dejamos caer para tomar alguna foto en el cartel del pueblo. Pasamos bajo el afamado Arco elgetarra, y al poco tiempo aparece el cartel indicador del puerto. Nueva parada.

 

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            El descenso es rapidísimo, ya en la tercera provincia de Euskadi, Bilbao. Elorrio nos acerca a la BI 632 que nos lleva a uno de los núcleos ciclistas bilbaínos más importantes: Durango. Dirección Vitoria nos desafía el puerto Rey de los aficionados vascos, Urkiola. Nos aproximamos a la patria de los hermanos Gorospe, Mañaria, donde tras una gran recta aparece la contraseña, una enorme señal de 10 % durante seis kilómetros. Esa señal aclara los datos del gran protagonista, donde Langarica, Loroño, Bahamontes, Julio Jiménez, Ocaña, Fuente, y más recientemente “El Chava” Jiménez, mostraron sus dotes trepadoras. Urkiola vence por la mínima a Elgeta en la Vuelta, sumando un paso más que su vecino, veintitrés, hasta que cayeron en desgracia. La cuarta etapa de la Vuelta a España de 1935 Bilbao–San Sebastián fue también el estreno del coloso del Parque Urkuleta. Elgeta y Urkiola, Urkiola y Elgeta, tanto monta, monta tanto…

 

            Un trío de herraduras consecutivas con rampas por encima del 10 % aclara el panorama, quedándose solos los escaladores. La calzada se dirige al cielo sin reparos, con varios tramos señalizados al 12 %. Arlabán y Elgeta van causando su impacto, y se tarda en digerir los muros del Puerto de Urkiola. Ahora sí se sufre. El que diga que va sobrado, miente. El fantasma del Marie Blanque revolotea en la mente de todos. El kilómetro intermedio es el más irregular, con el único descansillo, apenas 50 metros donde logramos oxigenar. El final es impresionante, con un nuevo cartel indicador de 400 metros al 12 % con la porción del Txakurzulo al 14 %. Rafa suelta al “Niño del Polvero”, logrando sacarle unos metros en esa parte final. Las sensaciones ya no son como al principio, y la subida se ha hecho de menos a más. Se corona pasada una curva a la derecha que nos deja frente al Santuario de los Santos Antonios, presidido desde el siglo XIII por San Antonio de Padua y San Antonio Abad.

 

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            “El Niño” se había divertido en Urkiola. Ya se lo habíamos advertido, esto no ha hecho más que comenzar, y quedaba mucho terreno por explorar y mucha tela que cortar. Nuevo avituallamiento y decenas de disparos fotográficos antes de emprender la bajada por la vertiente norte, la misma que traíamos.

 

            Se coge velocidad al ser un descenso con pocas curvas, lo cual no deja de ser peligroso. Al atravesar Durango, tomamos contacto por vez primera con la nacional 634, de la que saldríamos hastiados. Amorebieta nos empuja hacia la Ría de Nervión, donde se ubicaba el hotel del mismo nombre, un Barceló estratégicamente situado con muchas estrellas y escaso menú desde donde se divisaba perfectamente el Museo Guggenheim, que cumpliría su décimo aniversario el 17 de octubre. No pudimos visitarlo por falta de tiempo. Otra vez será. Lo que sí probamos en demasía fue el auténtico sirimiri bilbaíno, tan imprevisible como inoportuno. De éste sí catamos sustanciosas raciones.

 

            La primera etapa había sido dura. No tanto como pensábamos, ya que nos acompañó el buen tiempo hasta la llegada al Hotel Nervión y había mejor preparación que otros años, sobre todo los veteranos. A pesar de todo, ya muchos metieron todo el desarrollo que llevaban, y quedaban Lagos, Angliru…

 

            En la cena, y tras la lluviosa tarde bilbaína, debatimos el  recorrido del segundo episodio, que podía poner en peligro la integridad física del grupo si seguíamos el plan previsto. Se implantó la lógica, y esquivamos los Puertos de La Escrita y Alisas, decidiéndonos por la nacional 634 que recorre toda la cornisa cántabra. Nos esperaba una trampa mortal, mal asfalto y contínuo subir y bajar sin descanso con lluvia, frío y viento.

 

LA CORNISACANTÁBRICA

 

            Desayunamos con el equipo Spiuk, hospedado con nosotros antes de asomarnos a la calle y a la par, desanimarnos. El sirimiri no había cesado desde la tarde anterior. Se remueven los equipajes buscando equipaciones de invierno y chubasqueros, mal panorama para ser el segundo día de ruta.

 

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            Escapamos de Bilbao paralelos a la Ría, rodeando la Catedral del fútbol, el Estadio de San Mamés en busca y captura de la nacional 634, arreciando la lluvia y con fuerte viento de cara. La infraestructura en el País Vasco de carreteras es pésima, ellos mismos lo reconocen. Dicen que desde Madrid no apoyan, que se invierte más en otras Comunidades Autónomas. En política no vamos a entrar, pero es verdad que nuestra infraestructura de carreteras está a años luz. Para muestra, la nacional 634, una calzada en mal estado, con muchas curvas y estrecha. Al pasar por Somorrostro, comienza una subida no muy exigente hacia La Rigada. Pero no se detiene en el pueblo, sino que continúa hasta alcanzar un cerro desde donde divisamos el Mar Cantábrico, una de las sedes del Dios Eolo. Su aparición no nos pilló por sorpresa, pero lo que no esperábamos era su compañía hasta la misma Plaza del Obradoiro en Santiago de Compostela.

 

            La llegada a Cantabria fue jaleada por Pepe Camino en voz alta: ¡ya estamos otra vez en España!. Quizás alguno también lo pensara, pero se lo calló; ciertamente nos encontrábamos todos más seguros.  Paralelos a la costa, la carretera describe un perfil dentado, con contínuos cambios de ritmo y rampas que superan a veces el 10 % hasta llegar a Castro Urdiales. En esta localidad costera cesó el sirimiri, que nos había calado hasta los huesos para comenzar a disfrutar un poco de los paisajes cántabros. La entrada en Laredo la recordaremos por su descenso y dos curvas muy cerradas, que con el suelo mojado, tuvimos que trazarlas suavemente. A Laredo le seguía Colindres, regresando al poco tiempo toboganes gigantescos que te van minando poco a poco las fuerzas. En Solares cambió el firme, ya seco y de más calidad por la cercanía con una de las poblaciones que le hacen sombra a Santander, Torrelavega. Un patrullero de la Guardia Civil corrigió nuestra posición, ya que nos introducíamos en la autopista de peaje, indicándonos una senda estrecha con nuevas cuestas. En Torrelavega, retomamos la intensa nacional 634 hasta Puente de San Miguel, donde nos desviamos buscando uno de los finales de etapa que más expectación había despertado. Una nueva subida de un par de kilómetros con descarga de agua incluida, nos lleva a Santillana del Mar, la villa de las tres mentiras, ni tiene mar, ni es santa y mucho menos llana, y de esto último podemos dar fé.

 

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            El hotel Los Hidalgos nos atendió maravillosamente después de que Rafael le diera un par de capotazos al dueño. Habíamos llegado al pueblo más bonito de España según votación popular, un auténtico museo medieval desarrollado en torno a La Colegiata de Santa Juliana. Con las calles empapadas de agua, se hacía difícil caminar por las empedradas rúas, y hasta nos tuvimos que refugiar en distintos bares por la tromba de agua que se desató.

 

            No sabemos que fue peor, pero seguro que la carretera nacional 634 no tiene nada que envidiarle a La Escrita y Alisas. El agua deslució uno de los días más bonitos y más duros de nuestro viaje, y Santillana del Mar impactó a todo el pelotón por su belleza. Paseando al anochecer, parecía que habíamos viajado en el tiempo, imaginándonos en las sombras antiguos personajes con sus capas, y es que fue un auténtico placer la estancia en este tesoro de urbe.

 

EL PARQUE NACIONAL DE LOS PICOS DE EUROPA

 

            Nuevo amanecer pasado por agua. Santillana del Mar nos despide de la misma forma que nos recibió. Ascendemos la pequeña cota de salida calentando motores. Al llegar a Puente San Miguel, Manolo Vega nos hace una de sus típicas jugarretas:

- Vamos a coger esta carretera que nos lleva a Cobreces. Es preciosa.

 

            Le hacemos caso al Profesor Vega, llevaba razón en lo de preciosa, pero nos tragamos una subida de unos cinco kilómetros hasta Noveles, que nos vuelve a dejar en la nacional 634 a la altura de Cobreces. Perdimos tiempo por un pinchazo y además por el perfil de la “preciosa” carretera recomendada por Vega. Con el Cantábrico de fondo iban pasando los kilómetros hasta la llegada a otro de los municipios que aúna todos los valores y atractivos de la España Verde: San Vicente de la Barquera.

 

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            Esta encantadora villa marinera se sitúa en la Ría de San Vicente a caballo entre los Puentes de La Maza y Tras San Vicente. El Puente de La Maza se levantó a partir del siglo XV sobre los restos de de un antiguo puente de madera del siglo VI. Es considerada como una de las más importantes obras de la ingeniería medieval, y en sus orígenes era el puente más grande del reino, formado por 32 arcos. Manuel Romero hace una de sus clásicas fotos sobre su bici durante su travesía. El sol estaba poniendo a la altura que merece otro de los parajes más atractivos de Cantabria, luciendo con fuerza para resaltar todo el conjunto de esta preciosa población pesquera. Pero la mente ya estaba en Los Picos de Europa, exactamente en un par de lagos.

 

            Muy cerca de Unquera comimos un poco. Había que llegar en plenitud de facultades a la cita. En Unquera nos desviamos buscando uno de los primeros contactos en el Parque Nacional de los Picos de Europa, Panes. El Río Deva nos marcaba la ruta hasta que su afluente, el Cares, nos sirvió de guía a través de un tremendo desfiladero que nos protegía del viento. El Río Cares nos enseña sus Gargantas a través de su escarpado cauce. Nos hallamos en la Ruta del Queso de Cabrales. A la salida de Arenas, Manolo Vega señala la mole rocosa del Naranjo de Bulnes. Había que detenerse ya en pleno paraíso de Los Picos de Europa.

 

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            En el año 1918 se creó el Parque Nacional de Los Picos de Europa como Parque Nacional de la Montaña de Covadonga, siendo el primer Parque Nacional de España. En 1995 se amplió a los tres macizos que constituyen los Picos de Europa, cambiando su primitivo nombre por el actual. También ha sido declarado por la UNESCO Reserva de la Biosfera. Sus 65.000 Ha. lo convierten en uno de los mayores espacios protegidos de España.

 

            La carretera comienza con un falso llano de unos cuatro kilómetros que precede a la parte más dura de una nueva ratonera, el Alto de Ortiguero, del que solo tenía conocimiento Manolo Vega. Llueven los comentarios cuando la zona de mayor dureza hace acto de presencia, con cuatro kilómetros sobre el 5-6 % que coronan a 443 metros de altura la aldea de Ortiguero. ¡No quieres caldo, toma dos tazas!.

Ni que decir tiene que Ortiguero rompió el grupo, sirviendo el descenso a tumba abierta de persecución. En Benia finalizaba la bajada, a muy pocos kilómetros del cruce hacia Covadonga. En una aparatosa rotonda nos desviamos dirección Covadonga, parando en la Hospedería del Peregrino antes de enfrentarnos con la subida más carismática de España, la que más pasión despierta según todos los registros. En el año 1983 se descubren los Lagos de Covadonga para bien del ciclismo, incluyéndose en el itinerario de la Vuelta a España. Los que prebautizaron como los “Lagos de Hinault” en vez de Enol, a esta mítica montaña se equivocaron, siendo un excepcional Marino Lejarreta el primero en inscribir su nombre en el palmarés. El campeón francés colaboró para engrandecer su leyenda, deshaciéndose en “elogios”:

 

- Es el puerto más duro que he subido en mi vida. Bastante más duro que Alpe d’Huez.

 

            El que hablaba no era un cualquiera. Ya tenía en sus espuertas cuatro Tours, dos Giros y luchaba en la que sería su segunda Vuelta. Al Junco de Bérriz le han sucedido verdaderos ilustres, haciendo doblete Perico Delgado, Lucho Herrera y Laurent Jalabert. Otros como Dietzen, Millar, Pino, Rincón, Tonkov, Zintchenko, Mercado y Eladio Jiménez levantaron sus brazos en La Ercina dejando constancia todos de sus cualidades escaladoras. En sus rampas se han librado auténticas jornadas de ciclismo, con pájaras sonadas como la de Delgado yendo de líder en la Vuelta 84. Había respeto a la ascensión, pero la emoción de encontrarnos en uno de los lugares donde se cuece el ciclismo hispano, lo empañaba. Con el Trofeo Lagos de Covadonga 2007 esperando un ganador nos pusimos en marcha en un falso llano prolongado durante cinco kilómetros. Sus datos los teníamos archivados en nuestro ordenador mental, 14 kilómetros al 7,5 % de media, y su altimetría memorizada metro a metro. Pero una cosa es leer y otra bien distinta comprobarlo in situ a lomos de nuestras burras. El viento sopla favorablemente, ya era hora, y a buen ritmo galopábamos hacia Covadonga. Notamos mayor desnivel, sobre el 4 %, antes de observar en todo lo alto La Basílica. La Santina nos debe de ayudar para cumplir nuestro objetivo. Enseguida la primera herradura a la izquierda que anuncia la gran batalla: LAGOS 12. La carretera se estrecha y nos introducimos en una arboleda con cambio brusco de desarrollos. Llevamos justamente 115 kilómetros en las piernas, un buen rodaje, o una pasada, depende como se mire. El primer kilómetro no alcanza el 8 %, pero rápidamente los porcentajes aumentan, nunca inferior al 10 %. Ya no hay tregua ni miramientos. Los más fuertes se enfrascan en una dura pugna, mientras el resto del paquete opta por lo más fácil, cada uno a su ritmo. Tras alguna que otra curva, afrontamos la parte más dura del ascenso, un trazado rectilíneo con dos kilómetros consecutivos por encima del 10 %, que posteriormente se suaviza algo. Cruzamos un pequeño puente y varias curvas, algunas de ellas de herradura con muros al 12 %. Las sombras que dejan los árboles, nos impide observar el tramo infernal de La Huesera. Se trata de una recta con pendiente media sobre el 13 % donde más de uno tuvo que poner pie a tierra asfixiado. Pero no se detiene ahí la dureza. Pasada La Huesera, se suaviza algo antes de superar un tremendo muro al 16 % que da acceso a un primer collado antes de las rampas del Mirador. Unos se paran, otros sesean, y los mejor dotados aguantan estoicamente. El Mirador de La Reina culmina esta primera parte, la de mayor dificultad con una visión del paisaje asturiano de cine después de respirar profundamente en una de las escasas bajadas. Entramos en la zona irregular del puerto, donde combinamos tramos muy duros con frenéticas bajadas. Después de otro kilómetro al 9 %, descendemos varios centenares de metros, para centrarnos en la coronación del primer lago. Para ello debemos superar casi dos mil metros con alguna que otra rampa al 12 % antes de la curva que da acceso a Enol. De repente nos encontramos con la imagen soñada, el Lago Enol, indescriptible. Su coronación te regala otra peligrosa bajada que no te permite fijarte en su grandeza y esplendor, dejando a la izquierda un curioso monumento a los muertos en un accidente de helicóptero ocurrido años atrás.

 

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            Casi mojándonos en la orilla de Enol, nos resta un último esfuerzo para conocer La Ercina, nuevas rampas al 10 %, casi quinientos metros que se van tendiendo poco a poco, hasta coronar en una herradura a derecha con nueva curva a la derecha que finaliza en descenso de unos 200 metros al pie del Lago de La Ercina, fin del asfalto y final de la ascensión a los míticos Lagos de Covadonga, otra más de las ya incontables hazañas del Club.

 

            ¿Que quién se llevó el Trofeo?. Fue una de las anécdotas del viaje. El favorito era Rafa, pero no siempre se cumplen los pronósticos. La Huesera puso a cada uno en su sitio, quedándose “El Niño” solo con Alejandro pisándole los talones. Cuando todo parecía que el Trofeo Lagos 2.007 decoraría las vitrinas de la familia Martínez, un error, que cuando lo hemos visto alguna que otra vez incluso en el Tour te ríes, dio al traste con la sensacional subida de Rafalito, pagando cara su juvenil osadía. En la bifurcación de Enol se equivocó el chaval de ruta, tomando una senda errónea, hecho que aprovechó Alejandro para sobrepasarle. El ingeniero madrileño se encontró con un galardón que no merecía, siendo él mismo el primero en reconocerlo. ¿Y ahora que hacemos?.

 

            Manolo Vega y Joaquín se lucieron también en las rampas de Covadonga. El Niño del Polvero no estaba fino, y si en Los Pirineos en 2.006 dominaba con mucha solvencia, este año sufría para estar con los mejores. Fernando iba como una moto, no olvidemos que estaba en su tierra. A Javier fue otro de los que se le atragantó La Huesera, al igual que a Miguel, Francisco… Como en Urkiola, Juan superó el cansino pedalear de Francisco, llegando arriba “piano piano” sin poner pie a tierra, eso sí, seseando en muchas ocasiones.

 

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            Fotos a prisa y corriendo, que tenemos que llegar al hotel pronto. Nos cruzamos con el Viejo casi en Enol, parece mentira hasta donde llega este hombre con casi 72 años, y a Camino lo dejamos a su aire. Sabíamos que llegaría a La Ercina. En el Mirador de la Reina lo abandonamos, ¡que casta le echa!.

 

            El Hotel Piloña nos envía a comer al Hotel Favila. Rafa padre, capaz de vender cubitos de hielo en Siberia, después de muchos tira y aflojas, consigue que nos den de comer pasadas las cuatro y media. Cuando esperábamos un mísero bocadillo, comimos casi a la carta. ¡Que arte tienes Rafael!.

 

            Permutamos el Piloña por el Favila, otro más de los hoteles que convenció a base de buen trato y buenos platos. Pepe Camino llegó pasadas las seis de la tarde habiendo conseguido su objetivo almorzando más alto que nosotros, a 1110 metros en el Restaurante de La Ercina. No había tiempo para el descanso. Teníamos que acudir a visitar al Rey Don Pelayo y a La Virgen de Covadonga, La Reina de los asturianos.

 

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            Covadonga como vocablo procede de Cueva Domínica, expresión latina que significa Cueva de La Señora y que degeneró con el paso del tiempo. La tradición afirma que Pelayo, persiguiendo a un malhechor que se había refugiado en la gruta, tropezó con un ermitaño que daba su culto a la Virgen María. El ermitaño rogó a Pelayo que lo perdonara por haberse acogido a la protección de la Virgen, y le añadió que algún día él también tendría necesidad de refugiarse en la cueva. Las crónicas musulmanas sobre la Batalla de Covadonga dicen que Pelayo y los cristianos se refugiaron en una cueva alimentándose de la miel dejadas por las abejas en las hendiduras de las rocas. Lo cierto de todo esto es que supuso la primera victoria de un grupo armado rebelde contra la dominación musulmana, que originaría el independiente Reino de Asturias con Pelayo nombrado Rey en el mismo campo de batalla. Era el año 722, cuando después de la victoriosa batalla, Pelayo edificó un altar en la Santa Cueva y devolvió la imagen que había tomado para tributarle homenaje perenne a María Santísima de Las Batallas, primera nomenclatura de la imagen, como gratitud por el triunfo obtenido. Fue el génesis del culto y desde entonces paso obligado de peregrinos que como nosotros, se encaminaban a Santiago de Compostela con escala en la gruta del Monte Auseba.

 

            El Templo Monumental comenzó a construirse el 30 de Junio de 1877 poniendo el primer barreno el Rey Alfonso XII y se terminó el 7 de Septiembre de 1901, siendo elevado a la categoría de Basílica por el Papa León XIII. Rafael solicitó que nos sellaran nuestras acreditaciones, atendiéndonos el Abad del Templo en persona. Muy pocos peregrinos a Santiago llevan el sello de la histórica Basílica, y mucho menos sellado por la máxima representación del Real Sitio. La Santina posaba en su altar radiante, con su cascada en cola de caballo característica. Intercambiamos saludos con Don Pelayo en el trono del primer Rey asturiano antes de dirigirnos hacia el Puente Romano del Sella, de donde cuelga la Cruz de la Victoria. Paseamos por Cangas de Onís antes de la cena, donde Alejandro, en un gesto que le honra, se inventó el Trofeo Angliru. Otro aliciente más para la tropa que paladeaba aun el aroma dejado por Los Lagos de Covadonga en esta histórica conquista, donde tuvimos que superar además de los desniveles, el olor dejado por los vehículos a zapata de freno quemada y al ganado que descansaba en la misma calzada.

 

            Este relato quedaría incompleto si no mencionamos  la ayuda prestada en la subida a Los Lagos por Alvaro y Pepe, amigos de Fernando Baelo e integrantes del Club Ciclista Trasona de Avilés, que nos acompañaron en esta preciosa tierra asturiana compartiendo afición y mantel con el grupo. Gracias por todo y hasta siempre.

 

INHUMANO ANGLIRU

 

            El cuarto trayecto tenía como recorrido optativo la subida al Pico de La Gamonal, el temido Angliru, con un inesperado trofeo en su cima. Urkiola sirvió de aviso, y Los Lagos aclaró las ideas de los indecisos. ¡El Angliru es para escaladores puros!.

 

            Niebla y frío en la salida antes de cruzar el Sella, que se detiene en Arriondas en sus famosos descensos en piragua. Arriondas compite con Cangas para atraer al turismo en una pugna sin color. De todas formas, no se le queda a la zaga en belleza y atractivo. El Rio Piloña, afluente del Sella era nuestro nuevo guía, ya en la nacional 634 de nuevo en dirección a Oviedo con algunas gotas de agua que pronto cesaron; tampoco Eolo se quiso perder ningún detalle, azotándonos siempre que podía. La carretera ancha y en muy buen estado colaboraba al rodar, no evitando que quedasen descolgados los habituales. Pasábamos por pueblecitos como Soto de Dueñas, Villamayor, con sus típicos hórreos que distraían al pelotón. La capital ovetense por oriente, congregaba a municipios con mayor capacidad, como Infiesto o Nava. En un hostal muy cerca de este último, nos detuvimos para recuperar fuerzas y de paso juntarnos todos. Los cinco superhombres que se medirían al Angliru afinaban su preparación. El Berrón era el punto marcado para la fragmentación.

 

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            El azar hizo que Manolo Vega se encontrase en un semáforo con un ciclista que conocía de una larga historia. ¿Y quién no conoce a nuestro querido Profesor? Nos comentó que no se nos ocurriera llegar al Angliru por el camino trazado, que era durísimo. Mejor por Oviedo que era todo llano. Por supuesto que se le hizo caso. Estábamos en Pola de Siero, pueblo de mayor importancia de la zona, muy cerca de Oviedo. El Hotel Las Lomas se encontraba justo a la entrada por la nacional 634. Anteriormente, Juan le dio su rueda trasera a Francisco, uno de los cinco miembros del clan Angliru. En Las Lomas dieron por terminada su etapa Juan, Miguel, Fernando, Javier, Manuel Carrasco, Pepe Camino y Manolo Ruiz. Sorprendió El del Polvero por su decisión, pero pesaba más la lumbalgia que arrastraba desde el primer día. Los cinco locos de las cumbres que quedaron, iban con paso firme dispuestos a medirse con el monstruo de la Sierra del Aramo, Francisco, Manolo Vega, Rafa, Alejandro y Joaquín.

 

            Después de descargar los equipajes, al furgón subieron los veteranos para animar a sus compañeros a sabiendas de que no verían la hazaña. A Rafa padre le habíamos aconsejado que no hiciese con el furgón los seis infernales kilómetros hasta la cima; no podíamos poner en peligro el resto de la ruta. Asintió, sufriendo en silencio al no poder ver a su cachorro en el día que más ilusión tenía el chaval. La etapa resultó corta, 70 kilómetros, para los que quedaron en el hotel. Falta hacía después de las palizas que llevábamos, y pensando también en la siguiente, la más larga de todas.

 

            Mencionar Angliru es aludir miedo, horror, espanto, aprensión… y también valentía, coraje, arrojo, arresto… El quinteto está en la nacional 630, que no es otra que la Ruta de La Plata. En Soto de Ribera nos salimos en la AS-231 hacia La Vega, vertiente seleccionada para intentar lo imposible. Números cantan: el desnivel de 1.265 metros en 12,6 kilómetros da una pendiente de 10 %, Uuuufff…

José María “Chaba” Jiménez, el mejor escalador español de los últimos tiempos, coloca la banderola española en la pérfida montaña asturiana en 1.999, después de robarle la cartera a Pavel Tonkov. Gilberto Simoni y Roberto Heras, ahí es nada, completan el triunvirato, años 2.000 y 2.002. Los organizadores de la Vuelta a España están deseando el retorno, pero son muchos los inconvenientes. De fuentes bien informadas nos llegan noticias positivas; es muy posible que en 2.008, el pelotón hispano recurra a la cruel Sierra del Aramo para recuperar audiencia. Más le vale recobrar credibilidad, cuestionada por tantos escándalos como llevamos y que dejan a sus actores en un segundo plano.

El primer propósito es comparecer en Via Pará, área recreativa limítrofe del averno, y para ello debemos aproximarnos por La Vega (Riosa). En La Vega emprendremos el sector para mortales, cinco kilómetros que intensifican la pendiente escalonadamente. Parloteando en pendientes del 8-9 % en esta primera fase, se avecina la hora H. Un falso llano sirve de burla en Via Pará.  Justamente ahí es donde termina el mundo. En la zona recreativa falta el cartel de NON PLUS ULTRA. Lo que continúa es una senda en mal estado decorada con indicadores según el tramo. Tienes dos opciones: si te fijas en ellos, te derrumbas, y si no te fijas, no te preparas psíquicamente. No se sabe qué es peor.

Una media del 14 % en los primeros mil metros concreta el muro de Les Cabanes, 400 metros sin bajar del 20 %. Manolo explota, y se vuelve por no llevar desarrollos. Al menos lo ha intentado. Los dos siguientes kilómetros sobre el 11 %, y después de superado Les Cabanes, parecen falsos llanos. En Les Picones regresa el 20 %, y la bicicleta de Joaquín, al esquivar un bache, se da la vuelta. ¡Esto es inaudito!. La herradura de Los Cobayos revela el inhumano intervalo de La Cueña les Cabres, un kilómetro casi al 18 % con la puntilla en La Cueña al 23,5 %. El cuentakilómetros marca un solo dígito, significa que estás al límite. Hasta aquí hemos llegado. Es imposible continuar, a veces conviene usar la cabeza. Sin embargo el corazón contradice y sigues. Empujas la máquina unos metros, y vuelves a montar. Algo de suavidad, al 13 % el penúltimo eslabón, con los trechos de El Aviru al 21 % y las herraduras de Les Pedrusines al 20%. ¡Ya casi está hecho!. Unos metros más para completar el Via Crucis, ya al 10 %, y reaparece el mundo en una llanura con un cartel turbio en el que se puede leer: Cima L’Angliru 1570 m. ¡Lo hemos conseguido! El Trofeo Angliru se lo llevó Rafa, donde triunfan los deportistas que más se acercan a la defunción. Las fotos fueron gentileza de una pareja. Había que inmortalizar la proeza, y por correo electrónico nos enviaron las muestras. Muy agradecidos.

 

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            Los tacos de frenos iban a recibir su prueba de fuego. ¡Que peligro, Dios!. Las manos se adormecían por la fuerza a la que sometían a los frenos. En ningún instante podías dejar de frenar porque te ponías a cien. Con la tez pálida y las llantas al rojo vivo retornamos a Via Pará entre tinieblas. Nos habíamos quedado mudos. No sabíamos de donde veníamos ni por qué.

 

            La visita turística a Oviedo era de obligado cumplimiento, con parada exacerbada en La Catedral de San Salvador, una de las joyas del Arte Gótico mejor conservadas. Posee en su interior gran cantidad de Santos y reliquias, estando consagrada al Santo de la que toma su nombre.

 

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            Habíamos sobrepasado el ecuador del viaje, y ya creíamos que teníamos todos los deberes hechos tras vencer las cotas sagradas de Urkiola, Los Lagos y El Angliru. ¡Que equivocados estábamos!.

 

UN DÍA DE PERROS

 

            La quinta etapa resultó la más larga, con el Alto de La Espina como única dificultad teórica. El amanecer no varió de los anteriores, es más, dudamos muchísimo que por estos lares conozcan el sol a tempranas horas. Si esto es en verano…

 

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            Pelotón de colorines por la diversidad de chubasqueros. Intentaremos en el próximo pedido de material deportivo añadir el chubasquero, por lo menos para ir bien uniformados. Atravesamos Oviedo con llanto del cielo para deslizarnos al poco rato en una buena bajada por la nacional 634, que además estaba en obras. Llegamos a una rotonda que nos vuelve a confundir, como no, tomando cada uno por donde quiso. El viento y el agua aumentan su presión en este tramo de autovía llena de toboganes que dejamos en Grado. Allí comenzaba la encerrona de la jornada, el Alto de Cabruñana. Nuevas protestas dirigidas al diseñador del recorrido por este nuevo regalito que nadie esperaba. Cabruñana es otro de los abundantes portillos ovetenses insalvables por la ingeniería, cinco kilómetros y medio al 6% de pendiente media, que no vienen en ningún mapa ni en bibliografía altimétrica. Pero fue peor el descenso, con la carretera inundada por el temporal. ¡Vaya manera de caer agua! El grupo era un rosario al pasar por Salas y perfilarse con el Puerto de La Espina con el aperitivo de Cabruñana.

 

            La Espinase ha ascendido en varias ocasiones en La Vuelta, sobre todo en sus primeras ediciones. Sus laderas tienen once kilómetros al 5 % de media, siendo los dos primeros al 6 y 7 % respectivamente, los más pesados. En Casazorrina comienza el mal trago de esos dos mil metros, superados sin agobios al tratarse del principio. El tercer kilómetro es un falso llano antes de entrar en la zona constante del collado, que sin fuertes desniveles, entre 4 y 6 %, te van haciendo ganar altura. A mitad de la ascensión, ya hay cansancio. Obreros con mono amarillo animan al grupo, y nadie se atreve a preguntar por el final. Cerca de la cima, el tiempo nos concede una tregua, lo justo para terminar de coronar al 6 % el último kilómetro y detenernos a comer. Fernando se escapó en la subida, siendo cazado por los lobos hambrientos casi arriba. Llegaron todos juntos, prueba de que las fuerzas ya no eran las mismas que el primer día.

 

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            Reanudamos a buena marcheta en el falso llano que atraviesa las aldeas de Bodenaya y La Espina, para comenzar la peligrosísima bajada del puerto. Reaparece la lluvia, que vuelve a descargar como en Cabruñana agua a mansalvas, dejando la calzada resbaladiza y muchos charcos. En las numerosas curvas se toman las debidas precauciones, mientras los empapados cuerpos soportan el frío que atesora el combinado velocidad-agua. Las bicicletas ya no frenan, costando mantener el equilibrio en algunos giros. Se pasó miedo en estos doce kilómetros con pendiente opuesta, que se hicieron interminables. Pero continuábamos descendiendo, ya con menor desnivel hasta que vimos el Cantábrico, en Luarca, después de cien kilómetros en el zurrón donde ya no cabía ni una gota más de agua. Fue una verdadera lástima no poder recrearnos con el paisaje que habíamos dejado atrás; un error en la concentración te hubiera llevado al suelo y…

 

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            En la cornisa cántabra ya no existían tantos repechos. La carretera era amplia y con el cese de la lluvia, regresó la alegría al pelotón. La Ría de Navía entra hasta el mismo pueblo, donde paramos por segunda vez en una plaza para el segundo avituallamiento. Por primera vez estábamos todos de acuerdo en la dureza de la etapa, y Ribadeo estaba ya a tiro de piedra, con nuevo cambio en las condiciones climáticas. Cruzamos el puente sobre el Río Navía, (¡que bonitos son los pueblos del norte!), con la fatiga físico-mental acumulada por tantos días de esfuerzos ininterrumpidos. Juan por ejemplo, besó el suelo al no detectar un pequeño bordillo a la salida de esta última localidad, caída sin consecuencias que te puede poner en peligro si vas a otra velocidad, y es que el cansancio va haciendo mella sin que te des cuenta.

Los pueblos se van sucediendo con más frecuencia, propio de estar en zonas más habitadas. Pasamos por La Caridad, Valdepares, los cruces de Tapia de Casariego hasta que vimos una nueva entrada del mar, la Ría de Ribadeo. Enorme la distancia entre orillas visto desde el puente que atraviesa el Río Eo, límite entre Asturias y Galicia. Estábamos llegando a la primera población gallega de nuestro viaje después de meternos entre pecho y espalda más de centenar y medio de kilómetros recorridos a base de sacrificio y soportar el inestable clima norteño, donde te puede caer un diluvio en circunstancias nada deseables.

 

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            El Hotel O Cabazo rompió el molde. La madera de los interiores y la decoración de estilo medieval,  le confiere una categoría impropia de hostelería de dos estrellas. Una preciosidad de diseño. Pero lo que más gustó fue el trato recibido por esta empresa familiar. Si algún día paramos en Ribadeo, volveremos a visitar a nuestros amigos del Hotel O Cabazo, aunque solo sea para degustar los magníficos platos que emanan de su cocina.

 

            En la Playa de Las Catedrales alucinamos con las espectaculares formaciones rocosas que recuerdan a arbotantes góticos. Su fina y clara arena rememoraba las playas gaditanas. Paseamos por el puerto hacia el centro de la villa, donde destaca el Ayuntamiento en su preciosa plaza. En sitios con el encanto de Ribadeo, se olvida fácilmente la paliza previa. Nunca nos había caído tanta agua encima de una bicicleta y ni por asomo podíamos imaginar encontrarnos en Ribadeo con un hotel de ensueño, sin lugar a dudas la estancia más grata de nuestro viaje.

 

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MARCO ALVARE, PENÚLTIMO ESCOLLO

 

            A nivel del mar se daba la salida del penúltimo capítulo con la interrogante del tiempo y las sorpresas, puerto a parte, que nos regalaría el itinerario del día. La etapa era corta, algo más de noventa kilómetros hasta la llegada a la capital de las murallas. Más bien tarde, sobre las 9,30 horas, zarpamos descendiendo hasta las orillas de la Ría de Ribadeo. La Ría se continúa con el Río Eo, de ahí su nombre. En Porto de Abaixo, pisamos la nacional 640, una carretera amplia de incontables repechos que se suceden sin piedad en la Sierra de Meira. Cualquier tachuela fragmentaba al grupo, con la reserva encedida, y con los dos veteranos en solitario a cola. Muy deshabitada la zona, y con aglomeraciones poblacionales que no sabemos si llamarlas aldeas o pueblos, seguíamos entre pequeñas cotas con Manolo Vega tirando y animándonos viendo las caras de la procesión cada vez más parecidas al Cristo del Calvario. Otra subida en A Pontenova, nos hace tomar posiciones frente al Puerto de Marco de Alvare, que parecía que comenzaba con cada cuesta que ascendíamos. No existían los falsos llanos. Los tramos de subida se cortaban con ligeras bajadas que finalizaban en otro ascenso y así sucesivamente, siendo materialmente imposible coger el ritmo. A todo esto hay que añadirle los acelerones de Fernando, que en cada subida acelera hasta sacarte de quicio cuando ves que le entran al trapo. Y el caso es que después se frena, pero no para de machacarte constantemente esté o no en plena forma.

 

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            Pasado el cruce de Vilameá, ahora sí se pone esto más serio. Faltan siete kilómetros para la cima de Marco Alvare, un puerto en el que no hay acuerdo sobre su comienzo, precisamente por la acción de tantísimos repechos. Unos dicen que tiene 13,5 kilómetros, y no parece exagerado después de cómo se deslizaba el ya mermado grupo. Otros, con algo de más lógica, hablan de 6,5 kilómetros, los más difíciles, nunca superando sus rampas desniveles del 7 %. De cualquier forma, hablamos de la última gran dificultad, un puerto con buen asfalto y recta carretera que no marcaría muchas diferencias. A estas alturas se sube recreándonos en el paisaje y viendo como la Teoría de Lamarck, o de selección natural, se vuelve a cumplir. Los grimpeur van tomando posiciones subiendo a tren, mientras el resto no está ya para mucho ajetreo. Cuando estás en pleno esfuerzo en puertos desconocidos, la exploración visual pretende vaticinar cual será la cima. En Marco Alvare es complicado acertarlo, porque no se corona en desfiladero, sino en una llanura a casi 600 metros. No nos detenemos por estar muy cerca el punto elegido de avituallamiento. La sorpresa del día estaba en la ausencia de descenso del puerto de Marco Alvare por su vertiente sur, que era lo que nos pedía el cuerpo.

 

            En Meira recuperamos el aliento y esperamos casi una hora a Camino y El Viejo, muy distanciados del primer paquete. Durante la espera, recibimos la confirmación de la llegada de nuestros familiares a Santiago de Compostela. Un par de melones se calaron en la plaza del pueblo, cambiando el semblante de El Viejo nada más llegar. Se hallaba ante una de sus frutas preferidas, festejando en buen tono la compra. Nos encontrábamos a algo más de treinta kilómetros de Lugo, pero fatigados por la cadencia de un pedaleo ya no tan alegre. Proseguimos sobre el cauce del Río Miño hasta Parajes, donde una curva a la izquierda nos deja en una aburrida recta de más de veinte kilómetros que nos aproxima a Lugo. El Viejo y Pepe Camino vuelven a las andadas, y son esperados por enésima vez antes de entrar en la capital gallega.

 

            Las murallas de Lugo se abren para dar paso a la expedición espartinera, que toma posesión de la ciudad en el Hotel Torre de Nuñez con el mercurio marcando 30ºC. Instalado en la carretera de Madrid, nos seduce con su agraciada fachada y su amplio restaurante, distinguido por su arte culinario. Las habitaciones eran más bien discretas, único lunar negro de Viajes Marsans.

 

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            Entraba en el protocolo la inspección de la única capital del mundo amurallada en su totalidad, diferenciándose el casco antiguo de las construcciones más modernas. La Catedral de Santa María, de estilo Románico data del año 1129 y está dedicada a la Virgen de Ojos Grandes. Se accede a través de las murallas por la Puerta de Santiago. En cuanto a las murallas, se edificaron a finales del siglo III cuando Roma comenzó a sentir la amenaza bárbara. Su perímetro es de 2117 metros y su altura oscila entre los ocho y los doce metros por su parte exterior. Se conservan 71 torres, 60 de planta circular y 11 cuadrangulares. La Catedral y las murallas romanas son los monumentos más importantes de Lugo, donde dicen los entendidos, Javier Viejo entre ellos, que se come el mejor pulpo a la gallega del mundo.

 

            Prestos a olfatear el tufo del botafumeiro, reposamos con la tranquilidad de saber que en la ciudad jacobea también descasaba nuestra familia, principal factor moral para rebuscar energías del saco roto. La tercera gran empresa estaba llegando a su final.

 

APOTEOSIS EN SANTIAGO

 

            Con los nervios disparados al tratarse de la galopada postrera, huimos de Lugo con la escuadra fraccionada. Juan se llevó a Pepe Camino y a Manuel Carrasco a rueda, escapada permitida para no retrasar excesivamente la entrada en la Plaza del Obradoiro, emplazamiento de la meta y sitio escogido para fundirnos en un abrazo con la prole.

 

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            Para no variar, la inestabilidad meteorológica continuaba erre que erre. La atmósfera dejaba una neblina que nos estaba delineando el trayecto y que aumentaba con el pedaleo. Por detrás, tras la estela del trío fugado, tiraba Manolo Vega con Joaquín y El Niño del Polvero dándole algunos relevos. La tachuela del Monte de Meda, con picota a 660 metros, desencadenó una innecesaria batalla que crispó a Rafael padre al ver a lo que se estaba exponiendo el segundo destacamento con el suelo mojado y nula visibilidad. A más de cincuenta por hora y cegados por la niebla, atravesamos Guntín de Pallarés sin escrúpulos, después de ascender una segunda cota. ¡Y nos habían dicho en Lugo que hasta Santiago era todo llano!. Sería para darnos moral. Juan continúa tirando por delante con alguna ayuda de Camino. El grupo perseguidor va a palos aminorando la diferencia en cada kilómetro.

 

            En Palas de Rei, y provocado por la escasa visibilidad, se vivió uno de los momentos más angustiosos del viaje cuando un anciano fue atropellado por un turismo verde botella. El vehículo tenía la luna delantera hecha añicos por la brutal colisión. Juan socorrió rápidamente al abuelo, colocándolo en postura correcta y en rápida maniobra le apartó la lengua que ocluía las vías respiratorias. La Policía Local se personó en un santiamén, localizando a una ambulancia para evacuar al herido, que presentaba un fortísimo traumatismo frontal con más que probable fractura de cráneo. Hechos como estos te dejan más helado de lo que vas, y sin ninguna gana de volver al campo de batalla. Pero no había más remedio que continuar, con el semblante agónico del desgraciado individuo metido entre ceja y ceja.

 

            Melide es otro municipio de importancia que toca la ruta, siempre con un perfil serrado, antes de llegar al único avituallamiento. A la salida de Arzúa, en el Hotel Suiza, nos entregó Rafael la ración de bocadillos que insuflara de calorías los maltrechos cuerpos de los doce protagonistas. Juan se lleva nuevamente a Manuel Carrasco y a Pepe después de hacernos algunas fotografías delante de una cruz que se asemejaba a la de los caídos en la Guerra Civil. Cuarenta kilómetros separaban al grupo de la nueva proeza, que intercambiaba reverencias con otros viajeros con idéntico rumbo.

 

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            El accidente de Palas de Rei había servido para tranquilizar a la peña, que se acercaba a Santiago con paso firme saludando a una gran cantidad de peregrinos y circulando con un poco de cordura. Pasamos por Ferreiro, Cerceda y por último Pedrouzo antes de tener nuestra penúltima discusión, está claro que en una nueva rotonda. Si continuábamos por la nacional nos ocurriría lo que en Torrelavega, abocados a una autopista. Cuando llega Javier, uno de los capitanes de ruta, da un par de vueltas como un indio, y usa la lógica. Por una vez le haríamos caso a la señal de tráfico, que recomendaba una senda bacheado para bicicletas, peatones y caballos, es decir, todo tipo de peregrinos. Milagro fue que no pincháramos, como le sucedió Miguel a muy pocos kilómetros de Vendargues en 2005 cuando comenzamos con este tipo de locuras. Por fin logramos ver a lo lejos las torres de La Catedral. Con concierto de móviles y muy lentamente guiados por Javier, avanzamos hacia la Plaza del Obradoiro, la plaza de peregrinación más importante del mundo, para nosotros la Plaza del Triunfo. Rafael aparcó el furgón para sumarse con Larry a la apoteosis final con la familia desesperada. Ya somos catorce las bicicletas que vamos sorteando las piedras de la Rua de San Francisco con el típico nerviosismo de sabernos ahora sí, con el objetivo cumplido. La Calle de San Francisco desemboca en la plaza más ansiada desde que salimos de Vitoria siete días antes. El ambiente estaba caldeado, y no hay que decir de qué forma ni por quién. El recibimiento fue de los que marcan época. Una gran pancarta desplegada en el centro de la plaza, se levantó nada más aparecer el primer maillot tricolor espartinero.

 

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            Lentamente, para recrearnos con la representación, nos aproximábamos a la meta con los brazos alzados. La aclamación, con vítores, alabanzas y cánticos, llamó la atención de otros turistas que se sumaron a la calurosa acogida. Besos, abrazos, saludos, brincos y alguna lágrima entraban en el repertorio de esta nueva hazaña que estaba agonizando. La Plaza del Obradoiro había entrado a formar parte de la historia del Club, al igual que la Plaza de Espartinas en Vendargues o la Avenida Carlemany de Andorra.

 

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            El Hotel San Lorenzo nos recibió con problemas de alojamiento. El dilema venía por los biciclos, sin un espacio donde cobijarlos. Tampoco permitían que estuvieran en las habitaciones. El Viejo tuvo otra de sus frases inmortales:

 

           - La bicicleta me la llevo a mi habitación. La acuesto en la cama y yo duermo en el suelo.

 

            Una reconfortante ducha modificó las facciones de la camarilla, que se disponía a saborear los manjares gallegos con glotonería. El buen marisco acompañado de ribeiro o albariño, era lo que terciaba. Habíamos conquistado Santiago de Compostela siete días antes de la festividad del Apóstol, y ya existían actos que lo festejaban. Esa misma noche actuaba Soraya y el sábado, la gira de Serrat y Sabina, “Dos pájaros de un tiro”, que tuvo que suspenderse por las precipitaciones que hacen de este suelo el más lluvioso de la península.

 

            El descubrimiento de la Tumba de Santiago en el año 829, fue el hecho que desencadenó la construcción de la actual Catedral, meta de peregrinaje de la Europa Occidental. Sus obras comienzan en 1075 para acoger una ruta iniciática en la que seguía la estela de la Vía Láctea y que se dedicó al Apóstol gracias al llamado Camino de Santiago, Santo Patrón “protector” del Reino de España. Cada una de sus fachadas forma con sus respectivas plazas magníficos conjuntos urbanísticos. En la Capilla conocida como Relicario se conservan los sepulcros de algunos personajes reales: Fernando II de Castilla, Berenguela, Alfonso IX de León, Raimundo de Borgoña y Juana de Castro. El Altar Mayor está presidido por El Santo, y por su parte trasera entran a manosearlo en oración todos los caminantes para terminar de cumplir su penitencia.

 

            La Compostelana, certificado oficial que acredita la realización del Camino, la obtuvimos al atardecer en la Oficina del peregrino, con la única traba de que habíamos sellado muy pocas veces durante el viaje. Javier, experto en cultura gallega, hablaba de colas de varias horas. No fue así, aguardando poco más de quince minutos para la entrega de los pergaminos.

 

            La excursión a las Rías y playas de La Toja fue un éxito con mariscada adjunta. Y así, pasamos el fin de semana a base de pulpo y buen vino en esta pulcra ciudad, paseando por el centro histórico como guiris a la caza de souvenirs representativos.

 

            El regreso, con el furgón pegado al autobús se hizo cómodo, demostrando los conductores su oficio ayudados por Javier, el trotamundos de nuestra asociación.

 

            Anecdótico el error de Rafa en Los Lagos, que recordará para toda su existencia. El Niño se salió con la suya y subió el Angliru, pero algo nos dice que no está satisfecho. Eso de poner el pie en tierra… ¡Rafa, que solo tienes 17 primaveras!. Alejandro firmó una actuación sobresaliente, destelleando en Los Lagos y El Angliru. Ya sueña con Los Alpes. Francisco fue como siempre de menos a más, sorprendiendo a propios y a extraños en El Angliru. El Maestro Vega impartió su doctorado en el septentrión, alentando al camarada y demostrando perpetuamente la clase que atesora. Con Joaquín hemos ganado un socio y un buen amigo. Sus demostraciones tanto en llano como en remontes están ahí. Manolo Ruiz venía tocado, y se limitó a auxiliar a los más débiles. Intentó meterse en alguna contienda, desistiendo prontamente. Mostró en ocasiones ese don que nunca esconde y que le ha hecho despuntar en este mundillo. Miguel se lució en su terreno, la montaña, sin estar lo bien preparado que otras veces. Por el contrario Fernando, era una bala. Su explosivo arranque cada vez es menos respondido. Merito tiene Javier, lejos de la forma que exhibió en Pirineos, tolerando el ritmo de los figuras y guiándonos hasta El Obradoiro. Juan sabe sufrir cuando la carretera se inclina, regulando para no perder de vista la avanzadilla y soportando en llano la marchetita impuesta. Pepe Camino asombró en Urkiola y por los toboganes del Cantábrico, pero se le hizo muy larga la semana. Hay que admitir que está mejor que en 2006. A Manuel Carrasco ya le van pesando los años. Lo hemos visto un puntito más bajo. Más de uno y de miles quisieran rubricar su ejercicio. Larry hacia de reportero. Preocupado por su suegra al principio, ayudó a Rafa en labores de casa. Dile a tu suegra que lea esto.

 

            Si hay alguno de nosotros que merece un monumento, no es otro que Rafael Martínez Gutiérrez. Desde primeros de año comenzamos a darle la tabarra con los patrocinadores. Lo molestamos reiteradamente, sobre todo cuando la fecha de partida está cercana y los mecenas no han soltado. Su función de Angel de la Guarda cada vez es más ingrata, y ojalá no se queme, porque ¿quién es el guapo que convence a la hostelería cuando llegamos a horas improcedentes?. Son muchos los detalles que hacen de Rafa padre el apoderado perfecto. A día de hoy, no se concibe una marcha de este cariz sin él.

 

AGRADECIMIENTOS

 

            A nuestro Alcalde, D. Domingo Salado, por su colaboración y preocupación por esta realidad que paseo el nombre de Espartinas por el norte de España.

           

            Inmaculada Romero cumplió la promesa de otro, y eso en política es para valorarlo. La Concejal de Deportes debutó en su nueva graduación con notoriedad, cooperando con La Sección de las dos ruedas infinitamente. La sucesión no se ha hecho notar, y no dudamos que impondrá su gran personalidad a todas sus acciones. Ya está planificando 2008 y pronto nos veremos las caras, pero que no nos quepa la menor duda de que hará todo lo que esté en su mano por complacer futuras ideas. Juega con mucha ventaja porque ya conoce como las gastamos…

 

Juan Pedro Corrales, con estreno de cargo de Teniente de Alcalde, es de ese tipo de personas que está siempre cuando se tiene que estar, y da la cara cuando nadie la saca. Con otras preocupaciones en su mente, telefoneaba diariamente inquieto por catorce de sus incondicionales. Seguirá ligado al deporte en un segundo plano porque lo lleva en la sangre, y siempre seremos leales con un gobernante que tanto ha hecho por el deporte en su pueblo natal.

 

            EXPOBICI, de manos de David Gallardo, auxilió con el repuesto. Una cuestión personal le privó de agregarse a la caravana. Su fiel clientela sabe estimar su contribución.

 

            Gerardo Martínez Retamero y Francisco Ruiz Hidalgo son los padrinos de todo este tinglado. EDIMAR y M.R.G. han resultado vitales en la conquista de Santiago. Sus obsequios rebajan cuantiosamente los cómputos.

 

            INMORAMA y DUJA, empresas hermanadas en su inversión al deporte, traen nuevos aires que en un futuro no muy lejano serían esenciales para abordar el porvenir. Con la esperanza de que en planes venideros, la alianza llegue a buen puerto, sellaremos el valioso compromiso.

 

 

            Ya en la soledad de la noche, con casi 900 kilómetros de los del norte de España aglutinados, todavía quedan fuerzas para recapacitar. La meditación nos lleva a la demencia. No es de lunáticos pensar en Los Alpes, y mucho menos cuando al Izoard se conoce como el puerto lunar. Vars, Izoard, Lautaret, Alpe d’Huez, la Croix de Fer, Glandon, La Madeleine, Saisies, Cormet de Roselend, Iseran, Mont Cenis, Télégraphe y Galibier están muy distantes, sí. Vendargues, Marie Blanque, Aubisque, Tourmalet, Urkiola, Lagos de Covadonga, Angliru o Santiago de Compostela también lo parecían. Después del éxito de nuestras rutas, ¿quién se niega al guión?...

 

ANEXO: Los Lagos y El Angliru, por Alejandro González

 

LAGOS DE COVADONGA, RECUPERANDO SENTIMIENTOS PERDIDOS

 

            No era el mejor día. Cuando a primera hora de la mañana, tras el ritual del desayuno cogimos nuestras bicis, chispeaba. La cosa no fue a mucho más, pero para gente habituada a tener el sol calentando sus piernas y el aire que respiran, el agua es un medio en el que sufren.

Así, tras padecer los altos de Novales y Ortigueiro nos acercamos a Cangas. Ni Novales ni Ortigueiro son castigos que merezcan ser nombrados en las grandes gestas de la ruta pero, para un grupo de amigos descubriendo en su mayor parte esta orografía, son dos clavos que hay que arrancar de la coronita que nos pusimos al empezar nuestro particular peregrinaje y que poco a poco iba menguando. Al pie de los Lagos,  nos paramos todos. Lo justo para una isotónica fría gestionada por nuestro arcángel de la guarda Rafa y para ver que el tiempo ya sí que quiere que el sol nos caliente. Yo no sé lo que nos espera. Mucha televisión. Mucha Huesera con ciclistas descolgándose. Recuerdos de la primera emoción ciclista televisiva con Hinault. Todo eso viene a la cabeza. No temes nada de lo que ahí arriba te espere. Lo que se avecina es parte del mito. Y vas a vivirlo. La ascensión es suave hasta el Santuario de Nuestra Señora de Covadonga. De repente la curva. La de las fotos. Esto empieza. No es para tanto. Me veo bien. Voy a  apretar un poquito. Los lobos más bravos pasan por tu lado y tú sigues a tu ritmo. No es tu rueda.  Ritmo.  No desfallecer. No seguir ruedas que no puedes.  Los sigo viendo. Sólo era un achuchón pero no van tan fuerte.  Y de repente la cuesta Huesera. En seguida metes todo lo que lleves. Te quieres sentar y poder mover tu flaca que engorda por minutos. A ritmo. No hay otra opción. Los cambios, para los elegidos. Al final hay una curva. Podré descansar. Pues no, otra recta casi igual desafía a tu fuerza psíquica, los riñones empiezan a cargarse. Lo peor ha pasado. Sube, baja… el lago Enol.  O Hinol, que por un tejón  gabacho te rebautizaron. Y no  te disfruto lo que me gustaría porque me falta aire.  Y pienso en Marino. Que sentiría el aquí. Seguro que tampoco te veía, lago.  Pero queda algo. Subir al lago de la Ercina. Nada para la que llevo encima, el último repecho. Y se acabó. Fotos y para abajo. Para abajo pero con subidas. Ahí sí que sufre uno en los Lagos. A la vuelta. Con el frío de la bajada, los apretones de las subidas que bajas, les vaques, que ni las viste subiendo. La vuelta es peor que la ida. Quiero llegar al hotel y descansar. Toca comer. Con prisa. Es tarde. Los 145 km hacen que las horas hayan pasado más de lo prudente.  

Por la tarde toca ver a la Santina para los que quieran. Llegamos tarde y su cuevecita está cerrada. Pero nos acercamos hasta clavar nuestra cara  en la reja. Me acuerdo del cole. Del misterio de lo desconocido. De cómo todo tenía una explicación sencilla.  Y otra vez, como antaño, vuelvo a entender que la vida es más fácil que todo lo que inventamos cada día y que, en realidad  todo consiste en respirar y hacer lo que sientes. Y si encima algo mágico te ayuda desde abajo/arriba, la vida se siente dentro. Y si Ella me ha ayudado a llegar hasta sus lagos, seguro que me ayuda en el resto del año. Soy sevillano. De adopción. Y  las penitencias aquí, en Sevilla, lejos de castigar, alegran el alma.

 

ANGLIRU, EL PURGATORIO HECHO ROCA

 

            Hoy es un nuevo día y el objetivo del viaje, en cuanto a desafíos ciclistas, está cumplido. O eso creía yo. Nos vamos para Oviedo. Pocos kilómetros. Mejor. La noche de ayer en Cangas fue larga. La sidra y los amigos requerían más tiempo del que disponemos. Se lo robaremos al sueño. Qué más da. Qué más da tardar hoy un rato mas si anoche estuve con mis amigos, con mis compañeros de peregrinaje. No hablamos de nada trascendental. Eso se queda dentro. El día es tranquilo. Hemos llegado a Oviedo. Hemos encontrado muchos ciclistas. Y no es domingo. Aquí sí que hay bicio. De bici.  En la puerta del hotel la duda. ¿Me voy para mi habitación?. No. Igual que siempre. Hay algo que te llama. No puedes venir a Oviedo e ignorar el Angliru. Por lo menos has de probarlo. Te gustará o no, pero hay que ir.  Muchos ni lo intentan.  Allá que vamos unos pocos. El camino en si es una aventura. ¿Llegaremos?. ¿Estamos perdidos?. De repente, pasamos un túnel y estamos en el camino. Llegamos a La Vega. O Riosa. Paramos en un bar a rellenar los bidones. Pesan, pero seguro que hacen falta. Nos miran como a marcianos. No sabéis a donde vais. Lejos de arrugarte te hace crecerte. Nos ponemos manos a la obra. Esto no son Los Lagos. Aquí no vale nada. No se puede gastar ni un gramo más de necesario. La bici casi parada. Todo metido, no hace falta aún pero no te la juegas. Hay que guardar todo lo que puedas y más. Cada vez se pone más nublado. Ves unas nubes allá arriba y sabes que tienes que atravesarlas. Vamos todos separados pero juntos. Los que tienen compact van un pelín más lanzados. Los que vamos con el 39 no nos movemos más de lo preciso. De repente, como en una trinchera vigilante, las primeras hostilidades. La primera vara en la espalda. Les Cabanes. Las piernas tensas al máximo. Las pulsaciones en los oídos. No hay regulación. Todo o nada. Menos mal que se acaba pronto. Volvemos a lo habitual, 15-18%. Se dice pronto. Pero claro, es una bendición después de la primera amenaza. Sigues con los latidos marcándose en el pulsómetro de tu cabeza. Y pasas Picones y Cobayos. La esperanza empieza a aflorar en tu corazón, sonando como el tambor de una galera romana. A lo mejor paso la Cueña. Voy a por todas. Sólo quedan un par de tramos malos. En ese momento no lo sé. Lo sé ahora. Veo la Cueña. Da vértigo sólo el verla. Miento, lo que siento es miedo. Miedo de bajarlo después. Curva a la izquierda y empieza. Aquí estoy. Donde sólo los Dioses osarían pedalear. No soy uno de ellos. Mi cuerpo es humano y frágil. Los riñones no aguantan más, el colapso se avecina, parece que te vas a caer y al final pones el pie en el suelo. Te duele. Ya no podrás contar que hás subido La Gamonal como te gustaría contarlo. Sin bajarte. Y lo peor es que no puedes subirte. Tienes que caminar toda la Cueña. Entre nubes. No hay nada a tu alrededor. Que soledad cargando con tu cruz con ruedas. Hay que empujarla y pesa. Todos tenemos que vivir nuestro purgatorio. Unos encima y otros empujándola. Llega la curva a la derecha. Será Aviru. Con toda la rabia de no haber conseguido el objetivo te subes, mueres en la bici. He fallado en una, pero las demás han de superarse. Aviru conseguido. Piedrusines ya ni me he dado cuenta de que estaba. Y ahora hay sol. Estoy arriba. Una pequeña bajada y allí están los otros. Hemos llegado. Al sol que nos permite recuperarnos de la humedad y el frio pasados. No ha sido lo soñado pero he podido llegar.  Otra vez será. Otra vez será sin bajarme. Me voy con sabor agridulce. Sé que Covadonga me ha enamorado. Volveré a por ti. Pero tú, temido Angliru, cruel e  inexpugnable, deberás hacer algo para ganar mi corazón. O quizá no te interese. Quizá me lo dejaste arañado en las rampas de la Cueña.